martes, 22 de octubre de 2013

Otro día para ser

Me cuelgo.
Miro para adentro.
Me distraen otras voces.

Por favor,
no me esperen.
Hoy estoy en otra.

Y mañana también.
El loco

-… Volar fue una necesidad temprana… -  Tenía la mirada perdida entre los árboles. Siempre que me hablaba sobre su infancia se ponía así, melancólico y serio. Yo nunca le pedí detalles porque no hacía falta. Se notaba que tenía una historia triste detrás y, si él no me la contaba por propia voluntad, me parecía de mala educación preguntarle.

-¿Viste cuando una bandada de pájaros sale volando de golpe?- continuó sin mirarme.  – Ajá - Yo asentí por no incomodarlo y porque me interesaba saber con qué me iba a salir, pero la verdad es que a mí me daba lo mismo lo que hicieran o dejaran de hacer los pájaros.
-Bueno - y ahí volvió la mirada hacia mí - cuando los pájaros se van a mí me queda un vacío, una sensación de soledad dolorosa y tangible acá adentro (se tocaba la boca del estómago) De chico soñaba ir detrás de ellos …  Siempre envidié la suerte de los pájaros de poder simplemente abrir las alas y escaparle al mundo, aunque sea por un rato. Tanto deseaba escapar que un día lo hice. Caminando, claro.-  Me sonrió. - Yo no llegué aquí por casualidad.  Y ahora que estoy viejo me siento enjaulado en este cuerpo grandote y cada vez más pesado. Pero, ¿sabés?, con los años me inventé un truco: cuando veo a los pájaros irse cierro los ojos. Respiro profundo y bien despacio. Me lleno los pulmones de aire y cuando lo suelto, la sensación de dolor se va yendo y yo me dejo llevar. Imagino que voy con ellos, siento el aire y el sol pegándome en la cara. Imagino que voy por sobre los árboles y entonces,  ya no me siento solo. Naturalmente siento que soy un pájaro más…-
                      
Mientras sigo mirando ese viejo banco de madera, intentando entender qué pasó, se me vino a la cabeza esa charla, una de las últimas que habíamos tenido  unos días atrás. La recordaba casi palabra por palabra, porque cuando él me hablaba no podía dejar de escucharlo. Me fascinaba porque por momentos no parecía tan loco. Hasta me sonaban coherentes (aunque quizás irreales) sus relatos. Ahora creo que mucha de la gente que conversa conmigo cada mañana es la que está realmente loca. El mundo entero está loco, buscando quién sabe qué. ¡Pero le decimos loco a él…!

-¿Es por eso que andás todo el día detrás de las palomas, Cecilio?-  le había  preguntado. Con un temor casi infantil de ofenderlo, esta vez era yo el que no lo miraba  los ojos.   
 -Claro, ¿por qué más iba a ser? No estoy loco, che - dijo, riéndose con ganas. - Ellas me aceptan,  incluso me buscan, no me tienen miedo ni me dañan. Como las personas – Eso último lo agregó en voz más baja.  Lo miré sorprendido y se rió otra vez -  Noooo, vos no -.

Esta mañana estaba en mi puesto, como de costumbre. Todo muy tranquilo.  Había sido una noche helada y la mañana  seguía muy fría. La famosa ola polar. Supongo que por eso la gente evitó salir temprano. Y los pájaros también. Desde lejos vi a Cecilio durmiendo en su banco. Todo envuelto en sus cobijas, metido dentro de una especie de bolsa que le habían regalado, llena de papel de diario para amortiguar el frío. Por más que le insistiesen él nunca abandonaba la plaza. “No puedo estar encerrado. Esta es mi casa” ,decía, “si los otros pájaros aguantan, yo también”. Sólo aceptaba comida o café caliente de algún que otro vecino. Nada más.


A media mañana volví a mirar para el banco y seguía durmiendo. Al menos no se había levantado. Agarré el termo con café y fui a verlo. Iba llegando y enseguida me dí cuenta. La expresión en su cara no era la de alguien que duerme plácidamente. Noté la media sonrisa congelada. Una mueca tiesa como el resto de su cuerpo. Iba a tocarlo y no me animé. Pensé en buscar a alguien. El cafetero. Corrí a la esquina y le expliqué como pude, con la voz entrecortada por la angustia y la agitación.  No me entendió pero igual vino conmigo enseguida. Caminé apurado. Ya no podía correr porque me dolía el pecho y el cafetero venía detrás siguiéndome el paso. A unos pocos metros me detuve: el banco estaba atiborrado de palomas. Tantas, que el cuerpo de Cecilio no se distinguía. El cafetero me miró extrañado y me dijo “¿Tanto lío por un montón de pájaros?”. Se volvió a su esquina. Me quedé mirándolo mientras se iba, balbuceando una explicación, cuando repentinamente escuché un golpeteo de alas. Me dí vuelta y sólo vi un remolino de plumas: todos los pájaros levantaron vuelo a la vez. Todos menos uno. En el banco quedó solito, un pájaro grande y gris. No sé por qué pero no pude contenerme y le grité “¡Cecilio!”. Y probablemente el loco ahora sea yo, pero podría jurar que el pájaro me miró. Podría jurar que me guiñó un ojo antes de salir volando detrás de los demás. Podría jurar que no era “un pájaro más…”

jueves, 17 de octubre de 2013

La ventana

“Este desván, altillo, o como quieran llamarlo, es mi casa. De aquí no me sacan ni muerto.” Lo dijo con toda la firmeza que pudo y todos se quedaron callados. Quizás por respeto, o fue sólo que no querían más escándalos. Lo miraban sin entender qué lo retenía en ese cuarto deprimente. A riesgo de quedar como un viejo caprichoso, el hombre sostuvo su mirada un momento y sin más explicaciones se dio vuelta y se metió adentro. Cuando cerró la puerta sintió que se quedaba sin fuerzas y tuvo que sostenerse del borde de la cama. Pero estaba contento de no haberles dejado ver su angustia. ¿Cómo se atrevían a decir que ese cuarto no servía para nada? ¡Si tenía la ventana…!
La ventana… su mundo se abría cuando abría la ventana. Era cierto que el cuarto era pequeño y al principio lo deprimía, pero eso cambió cuando descubrió que podía ver más allá e imaginar el mundo desde ahí arriba. Con sólo asomarse. Y lo mejor era que nadie se daba cuenta. Acostumbrado a pasar desapercibido toda su vida, se  conformaba con observar a los demás y de alguna manera ser parte de esas vidas ajenas.
La ventana en sí no tenía nada especial. La persiana era vieja y estaba despintada, con los goznes oxidados y siempre le costaba abrirla y cerrarla. Era de aquellas que dan salida a un balcón angostísimo , con una antigua reja de hierro forjado. Ni una maceta, ni una planta que le dieran vida o color. Jamás un pájaro ni una mariposa. Pero para él era un refugio donde no había lugar para la miseria o la soledad.  
Se había vuelto viejo y cada vez le costaba más acercar el banquito de madera para mirar hacia abajo. Llegó el invierno y se tenía que abrigar para poder asomarse. No le importaba que el frío inundara el cuarto. Es que con el vidrio cerrado no tenía la misma perspectiva del mundo. Algunos días se acompañaba con el mate, y otros, con algo fuerte, para entrar en calor.  Pero se había vuelto viejo y se sentía cansado. Por momentos la tos era tan fuerte que lo obligaba  a entrar un rato hasta que se calmaba. Le dolía el cuerpo entero cuando tosía. Pero no había dinero para médico ni paciencia para ir a un hospital. Además había decidido que nada de hospitales tristes. Esperaba tener su propio final feliz. Y así sería mientras pudiera asomarse por la ventana.
Esa tarde, luego de la discusión, se sintió particularmente raro. Estaba inquieto. Un calor en el pecho. “Son los nervios que me hacen agarrar. Estos no entienden nada… ¡si serán soberbios! ¿Cómo se atreven a…?” Se sirvió un vasito de anís para calmar la tos y encendió una estufa vieja para calentarse las manos. Se sintió algo mejor aunque la sensación rara en el pecho no se le iba. 
Miró la hora y pensó que en unos minutos iban a llegar los dos chiquitos de enfrente. Sonrió de sólo pensarlo. Siempre corriendo, muertos de risa, con sus delantales mal abotonados y  haciendo ruido con las rueditas de las mochilas golpeando en las baldosas rotas. Tocaban timbre, alguien les abría, y desaparecían de su vista. El viejo imaginaba que una mamá sonriente, con delantal y la blusa arremangada los recibía con la merienda lista: chocolate caliente y vainillas. Y muchos besos. Entonces recordaba su propia infancia.
Después estaba la adolescente que esperaba en la parada del colectivo, con sus carpetas y su flequillo que impedía verle los ojos. Miraba al piso hasta que al ratito llegaba él. El chico con sus jeans gastados y su mochila negra. Alto y desgarbado. Cuando llegaba se sacaba la capucha y le daba un beso rápido en la mejilla. El viejo imaginaba que ella se sonrojaba. Y que cuando subían al colectivo  se iban a algún bar perdido a escuchar poemas recitados por otro, hasta que se animaran a declararse su amor de una vez por todas. ¡Ah, su primer amor!
Más tarde, casi de noche, aparecía un hombre cuarentón de aspecto humilde pero impecable. Seguramente volvía de trabajar en una obra. Le daba esa impresión porque se le notaba la piel curtida por el sol y llevaba un bolsito al hombro. O tal vez se recordaba a sí mismo. Imaginaba que su cansancio se desvanecía cuando llegaba a su casa y encontraba a su mujer calentándole restos de un guiso en una cacerola abollada. Y le daba un beso en la frente a cada uno de los hijos que ya dormían.
Y a horas insólitas, impredecibles, llegaba la señora mayor que paseaba a su perro. Iba por la vereda despacio, tironeando de la correa al pobre animal que era tan viejo que apenas caminaba. Caprichosos, cada uno quería ir para el lado contario. El viejo se reía solo. Imaginaba que cuando daban vuelta a la esquina y los árboles no le permitían verlos más, salían los dos corriendo llenos de vida, con la agilidad de otras épocas.
Y así pasaba su tiempo, dibujando finales felices para cada vida extraña que desfilaba por la vereda. En su cabeza él revivía por ellos cosas que alguna vez le ocurrieron, o vivía mil cosas que jamás le pasaron. ¿Quién sabe? ¿Quizás tendría él el poder de dirigir los destinos de aquellos que ni sabían de su existencia? Qué idea tonta. Si ni siquiera sabía qué hacer con su propio destino. Lo cierto es que esa tarde después de la discusión con la gente del edificio se había sentido diferente. ¿Sería porque finalmente los había enfrentado?
Cuando la parejita desapareció de la parada, sintió mareos y pensó en acostarse un ratito. Todavía tenía tiempo hasta el próximo “personaje”. Se tapó con la frazada vieja. Tuvo otro ataque fuerte de tos. Sólo sintió una leve puntadita en el pecho y un fuerte deseo de dormir. Y se durmió pensando que ése era el día en que por fin el chico le diría a la chica cuánto la quería.  Pensando en vainillas y chocolate caliente… en guisos y besos… Y en aquella mezcla de finales felices se fue apagando su existencia…

¿Sería que esta vez alguien lo había estado observando a él, desde alguna otra ventana? ¿Sería que esta vez alguien había imaginado un final feliz para él?

miércoles, 9 de octubre de 2013

El sapo

El sapo esperaba. Había aprendido a ser paciente y sus tiempos no eran los de antes. Escondido entre los juncos, medio sumergido en el agua verdosa, la vio venir. Y la esperó…
Habían salido temprano, con la idea de parar al mediodía a comer. No entendía por qué a los padres les gustaba hacer esos pic-nics al lado de la ruta. Cuando era más chica le gustaban, ahora la aburrían. No tenía ganas de viajar y estaba de pésimo humor. Había estado callada todo el trayecto. Los padres ya los conocían bien, a ella y su humor, entonces la dejaron en paz. Era casi la una de la tarde cuando la madre señaló una arboleda a lo lejos y decidieron que ése era el lugar. Los padres bajaron primero. Ella bajó después de unos minutos para expresar su descontento. Pero ellos ya la conocían…
Mientras el padre luchaba contra los calambres en las piernas, la madre luchaba con la mesita y las sillas plegables. Ella los miraba y por dentro sonreía. “Ahí tienen”. Prepararon todo para comer y se sentaron. Los padres conversaban pero ella no tenía ganas de hablar. Agarró un paquete de galletitas saladas y pidió permiso para ir a caminar por ahí. Le dijeron que sí, con tal de que se mantuviera a la vista, pensando que un rato a solas y al aire libre le iba a cambiar el humor.
Caminó unos pocos metros. Más adelante le llamó la atención un destello de luz, el sol se reflejaba en lo que seguramente era agua. Era algo lejos pero no le importó. Miró hacia atrás y seguía viendo a sus padres así que supuso que estaba bien llegarse hasta ahí. Esperaba encontrar algo interesante, algo que le alegre el día. ¡Estaba tan aburrida! Llegó y vio que era un estanque. No era tan grande y sobre unas piedras, entre los juncos, había un sapo enorme. ¿Estaría durmiendo? Era probable porque tenía los ojos entrecerrados. Y no podía ser más feo. Convencida de que el animal dormía tuvo la tentación de tirarle con una ramita. Nada. Le tiró otra. El sapo abrió los ojos y le dijo “Por cosas como ésta es que odio a los niños”. Su voz sonaba áspera, desagradable. Ella sintió un poco de miedo y miró para todos lados, para asegurarse de que no había nadie escondido. No había forma de que detrás de los pocos juncos que asomaban del agua se escondiera una persona. Entonces tuvo más miedo. El sapo se dio cuenta y trató de sonar un poco más amigable. “Sólo tengo que lograr que ella me escuche” pensaba.
Al principio la voz del sapo le había parecido como la de aquellos demonios en las películas de Stephen King, y tuvo ganas de irse corriendo. Pero de a poco esa sensación se fue perdiendo. De a poco la voz se tornó en un murmullo que la relajaba y hasta le daba sueño.  De a poco el enojo se le fue pasando y se quedó sentada en la orilla como fascinada, en calma. No entendía las palabras del sapo, pero sintió una necesidad urgente de sumergirse en el estanque. No perdió la conciencia pero algo la impulsaba y no le importaba nada más que meterse al agua.  La voz del sapo seguía sonando, monótona y a esa altura casi agradable…
Para cuando los padres la encontraron ya era tarde. Fue la madre la que al ir a buscarla vio el buzo rojo flotando en el agua. Gritando como loca llamó al padre que llegó corriendo, sin aire. No imaginaba lo que iba a encontrar, pero seguro que era algo grave. Su mujer no era de las que gritaban porque sí. Tan angustiada estaba ella que no podía hablar, sólo daba alaridos y señalaba el agua. El padre se metió en el estanque sin dudar, y volvió con la chica en brazos. Si tan sólo la hubieran ido a buscar antes de guardar todo…El hombre tiritaba de frío y desesperación. La recostaron en el suelo, trataron de darle calor, de hacerla respirar… pero todo esfuerzo por revivirla fue inútil. Estaban literalmente en el medio de la nada, solos, y decidieron irse lo antes posible al primer pueblo que encontraran. La mujer acercó la camioneta y acostaron a su hija en el asiento de atrás.
Mientras tanto, el sapo, hinchado de satisfacción, había seguido la escena atentamente desde la orilla. Si algo le daba placer era este momento donde la familia suplicaba e invocaba a cada santo prometiendo cualquier cosa por volver el tiempo atrás y salir de ese horror. Estaba orgulloso por lo poco que le había costado esta vez, y por el poder que tenía sobre esas vidas, la que había tomado y las que había cambiado para siempre. Regodeándose en el sufrimiento de los padres, quiso ver a la chica otra vez. Pero la madre puso la camioneta en marcha y estaba tan alterada que en lugar de avanzar hizo marcha atrás. El sapo no llegó a reaccionar. No pudo escapar y fue aplastado por la rueda trasera del vehículo.

Una lechuza vieja, posada en un poste, no había perdido detalle de todo el incidente. Con ánimos de burlarse del sapo se le acercó y cuando iba a hablarle, escuchó la voz áspera y desagradable del moribundo. No entendía qué le decía pero sintió una necesidad urgente de volar hacia el estanque. Se posó sobre la piedra. Y ahora la que espera escondida entre los juncos es la lechuza…

jueves, 3 de octubre de 2013

Los demonios verdes

Se despertó con la ilusión de que ese día sería diferente. Sin ataques, sin necesidad de esconderse, de escapar o defenderse. Sin sentir ese miedo que le traspasaba el pecho.
“Quiero volver a casa. Quiero que me dejen en paz.” Repetía sin levantar la vista y era lo único que decía desde el primer día. No tenía fuerzas para escapar y sabía que nadie lo iba a sacar de ahí, así que apelaba a la piedad que pudieran sentir por él.
No recordaba cuándo lo habían capturado, pero  recordaba vagamente cómo. Había ocurrido  en medio de un ataque importante. Estaba solo. Escondido y aterrorizado, no tuvo tiempo ni oportunidad de defenderse. Eran varios y muy bien entrenados. Lo rodearon y lo inmovilizaron con facilidad. “Los demonios verdes” los llamaba él. Por el color de su uniforme y por el horror que le provocaban.
Su día comenzaba cuando la luz del sol se filtraba en la celda y daba en la pared sobre la cama. Y si no había sol, cuando empezaba a escuchar los ruidos, el movimiento supuestamente normal del lugar. Los gritos lejanos y cercanos. Voces autoritarias y voces sumisas. Alguna corrida o forcejeo. Las quejas y ruegos de otros como él. Algún portazo. Y el olor del desayuno, la única comida que aceptaba para poder estar con mínima vitalidad. No tomaba ninguna otra comida porque no confiaba en ellos. Seguramente no lo alimentaban en una actitud humanitaria, podía ser una trampa para que hable.
“¡Quiero volver a casa!” gritó una vez más y desde el otro lado del recinto una voz le dijo “Dejá de gritar y colaborá… o van a venir ellos…”  Eso bastó para que se calle, por el momento. No le gustaba  lo que pasaba cuando los demonios verdes aparecían. Con ellos venía la oscuridad, y en la oscuridad él se quedaba sin voz y no podía hablar ni gritar, y se quedaba paralizado y no podía correr ni defenderse.
Cerca del mediodía, estando todavía acostado, algo lo sobresaltó. Se incorporó y miró al piso. Estaba oscuro y no pudo ver nada. Algo se movía en el techo. Otra vez no pudo ver nada. Ahora escuchaba algo bajando por las paredes… ¿Sería capaz de soportar otra vez esa tortura? ¡Igual no iba a hablar! Respirando con dificultad, acurrucado y envuelto en sus mantas, esperó. El primer grito salió agudo, casi ahogado. Pero el miedo de saber lo que venía era tal que siguió gritando cada vez más fuerte, hasta que aparecieron los demonios. Transpiraba y temblaba… cuando lo rodearon su miedo ya no podía ser mayor. Llorando, indefenso, se rindió nuevamente a manos del enemigo.


Los enfermeros lo acomodaron en la cama y lo arroparon como era costumbre después de cada ataque. Uno de ellos dijo en voz baja “ ¿Por qué debe soportar esto un chico tan joven? Un día de éstos me voy a confundir de dosis…  “  Del otro lado del cuarto se escuchó como un susurro  “ Y pensar que para él vos sos un demonio…”