miércoles, 20 de agosto de 2014

La carta de amor perfecta

Eran las 2 de la mañana y Julián no se podía dormir. Otra vez. Es que no paraba de pensar en Sonia. ¡Estaba tan enamorado! Desde hacía meses. Ni bien la vió, se enamoró como loco. Como, según dicen, sólo los poetas pueden hacerlo. Y Julián se consideraba un gran poeta. Capaz de escribir cualquier poema, sobre cualquier tema, a pedido, en el momento. Poemas hermosos, ojo. No cualquier cosa.
Hacía tres noches se le había puesto en la cabeza que era hora de declararle a Sonia todo ese amor que inundaba sus sentidos a tiempo completo. Supuso que sería muy fácil para alguien con sus dotes poéticas pero cuando se sentó a escribir se encontró con, digámosle, un inconveniente. Quería escribir una carta de amor perfecta, digna de un poeta como él, digna de una chica como ella. Pero a causa de este asunto de la “inundación de los sentidos” no se le ocurría absolutamente nada. Bueno, la verdad es que se le ocurrían muchas cosas pero nada que considerara a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, no podía dar con la fórmula correcta para comenzar: “Mi adorada Sonia…” (Malísimo) Y no encontraba las palabras precisas para definir la catarata de sentimientos (sí, la inundación) que lo ahogaba: “Lo que siento por vos es tan inmenso como el mar…” (Horrible) Tampoco encontraba la manera de expresar todo lo que sentía cuando sus miradas se cruzaban en los pasillos del colegio: “Mis sentidos se nublan con una simple mirada tuya…” (Es pan to so) ¿Cómo demostrarle lo apasionado que podía ser, aún detrás de aquellos anteojos grandes que hacían que sus ojos se vieran tan pequeños? : “Por vos sería capaz de soportar los peores tormentos…” (¿En serio?).  ¡Una cursilería tras otra! Jamás imaginó que le resultaría tan difícil hablar de amor. Había ganado cada premio, cada mención en los concursos del colegio y del barrio. Se jactaba de su capacidad para poner en poesía todo lo que lo rodeaba. La poesía era sin ninguna duda su idioma y era éste un momento clave, la oportunidad de escribir el poema más hermoso, la carta de amor más bella jamás escrita.
¿Sería el famoso bloqueo de autor? Quizás con un poco de ayuda… Recorrió su biblioteca una y otra vez, releyendo a los mejores poetas. A ver si venía la inspiración por ese lado. Nada. Rebuscó en las novelas de amor más tormentosas alguna línea que le sirviera de disparador. Nada de nada. Buscó en internet las mejores frases románticas. Un desastre. Intentó recordar escenas de películas famosas, donde el galán siempre consigue que la chica se derrita por él. Fue inútil. Puso la radio. Estaban pasando algo de Arjona. Ah, nooo. Todo tiene un límite. Comenzó a buscar desesperadamente entre sus cd´s. Encontró temas de amor increíbles, temas “de aquellos”. Igual no hubo caso. Todo le sonaba trillado. Solamente lograba elaborar frases artificiales, exageradas, inexactas y hasta ridículas. Para Julián, era la peor de las tragedias.
Y en esa búsqueda de la declaración perfecta se le pasó otra noche más. Ya eran las 5 de la mañana. Quería decir que tenía sólo dos horas hasta que el despertador volviera a sonar. Otra vez no había dormido nada. ¡Otra vez no había escrito nada! Se sentía agotado y también algo avergonzado por no poder expresar sus sentimientos con facilidad. ¿Qué clase de poeta era? Desanimado, apoyó los codos sobre el escritorio y puso la cabeza entre las manos.  Cerró los ojos y suspiró. Antes de que pudiera darse cuenta se quedó dormido.
Se despertó sobresaltado. ¡Ya había amanecido! Se incorporó de golpe en la silla, pensando que había dormido mucho y que debía ser tarde. Tarde para la escuela. Tarde para escribir. No, no era posible. Su mamá lo hubiera ido a despertar. Miró el despertador: le quedaba casi otra hora más antes de irse. Respiró hondo. Intentó relajarse. Se estiró como un gato al sol. Inesperadamente, con la misma naturalidad con que la luz del día se iba adueñando de cada rincón de su cuarto desplazando la oscuridad de la noche,  así mismo se le empezó a aclarar el panorama. Entusiasmado sacó una hoja de la impresora y agarró una birome roja que era lo que tenía más a mano. Y escribió. Dobló la hoja en cuatro y se la puso en el bolsillo de la camisa. Volvió a respirar hondo. Al fin.  
Apenas tocó el desayuno, con la excusa de que no tenía tiempo. La verdad era que tenía el estómago revuelto de tantos nervios y sueño atrasado. Estaba cansado, pero por la misma excitación caminó tan rápido que llegó al colegio más temprano de lo habitual. No podía esperar a encontrársela. Sin embargo, cuando la vio de lejos se sintió inseguro y pensó en esperar a la hora de salida o al día siguiente o tal vez... Sonia se dio vuelta justo, lo vio venir y le sonrió. “OK. Mejor ahora” pensó él, sin darse cuenta de que también estaba sonriendo. Se acercó y sin mediar más que un “hola” en voz muy baja, le dio la carta. Ella se apartó de sus compañeras que se rieron sin ningún disimulo y desdobló la hoja con cuidado. A Julián se le revolvió todavía más el estómago y los labios le empezaron a temblar cuando notó que ella se ponía colorada y no levantaba la vista. Estaba a punto de irse cuando finalmente Sonia lo miró. Entonces pudo ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Sin decir una palabra lo abrazó y le dio un beso torpe y dulce a la vez, mientras en sus manos apretaba con fuerza la hoja donde Julián había escrito, con su letra pequeña de miope:

“TE AMO”

viernes, 2 de mayo de 2014

La tormenta (otra versión)

Se desperezaba lentamente con la certeza de que estaba sola en la casa. Era temprano. Escuchaba los ruidos que venían de la calle, pero la casa estaba en completo silencio como todas las mañanas. El ruido del viento fuerte en las hojas y las ventanas le hizo desear quedarse todo el día en la cama. ¿No era hermoso escuchar la tormenta desde la cama? Tapada hasta la nariz. Era una sensación de soledad mezclada con miedo. Pero era hermoso. Al miedo y la soledad estaba acostumbrada (no así a la hermosura). Por suerte la casa era pequeña. Seguramente si la casa hubiera sido más grande la hubiera invadido el pánico, como cuando era chica y visitaba a esos tíos que tenían una casa enorme con tantas puertas. No recordaba si de chica había soñado con una casa grande y con jardín como las demás chicas. La realidad era que de chica no había soñado con lo que sueñan normalmente todas las chicas. 
Le pareció sentir olor a flores pero en la casita no había jardín. Tampoco había quien le regalara algunas. Se levantó y sintió la alfombra áspera debajo de los pies helados y dudó, casi se mete a la cama otra vez. El cuarto estaba frío pero las sábanas seguían tibias. Se miró en el espejo y pensó que no había maquillaje que cubriera esas ojeras… El timbre sonó con insistencia apartándola bruscamente de sus pensamientos. A esa hora no esperaba visitas (ni a ninguna hora). Sintió bronca. ¡Quién se atrevía a interrumpir su vida! Odiaba las sorpresas. No iba a abrir, no le interesaba quién podría ser. De caprichosa se volvió a la cama, se tapó la cara con la sábana y esperó. El timbre no volvió a sonar. Sintió alivio.
Un trueno hizo vibrar hasta los portarretratos de la cómoda. Un relámpago se coló a través de las rendijas de la persiana chocando con el espejo. La imagen que vio en el espejo bajo esa luz la asustó. El aspecto del cuarto bajo esa luz la asustó. Sin pensarlo buscó refugio bajo las sábanas y se aferró a la almohada. Primero tensa, expectante. Pasó un rato y nada. Lluvia nomás. Otra vez sintió alivio. Recordó que la parte hermosa de la tormenta era estar en la cama escuchando el sonido de la lluvia, pero no los truenos.
Escuchando el golpeteo monótono del agua se calmó y, como pasaba siempre, su imaginación la rescató y la llevó lejos, a otros espacios. Mezclaba sueños y recuerdos. Y deseos. Era todo lo que tenía. Otra vez niña. No estaba segura de que le hubiera gustado volver a ser niña. Sólo intentaba reconstruir momentos felices, libres de miedo. No era fácil. A veces tenía que cambiar finales.
El patio de la escuela… se vio corriendo como loca por el pasto recién cortado. El árbol viejo y de tronco enorme, esperaba desafiante a que alguien lo trepara. Las rodillas lastimadas, la ropa enganchada, el consiguiente reto y los gritos de su madre. La obligación de ir a misa los domingos por la mañana… Seguro llegaba tarde y no alcanzaba a confesarse. No podía comulgar porque se había portado mal, o al menos eso le decían. Y ella lo creía. La casa de los nonos y las habitaciones prohibidas que guardaban tesoros en los roperos. Los trenes viejos y ruidosos invitando a gritar desaforadamente con los primos desde la vereda... 
Debió haberse quedado dormida enseguida. Y entonces anduvo por la escuela, por el pueblo, por la casa de los nonos, de los tíos…. Y corrió y gritó como loca. Trepó árboles y se revolcó por el pasto. Abrió puertas. Se portó como quiso. Revolvió roperos. Se burló de sus miedos pasados. Despreocupada por primera vez, recorrió sus recuerdos que eran en parte reales, en parte inventados. Y aunque tenía la cara mojada por las lágrimas cuando se despertó, se sintió bien … y no podía parar de reirse…

miércoles, 26 de febrero de 2014

Otro día para ser

Me cuelgo.
Miro para adentro.
Me distraen otras voces.

Por favor,
no me esperen.
Hoy estoy en otra.

Y mañana también.

miércoles, 12 de febrero de 2014

En lo oscuro

Oscuridad sin pájaros.
Deseos de lluvia.
De ir más profundo en la nada,
Sin saberse, en lo oscuro.
Descanso en la mente, silencio en el alma.
Sólo la lluvia. Deseo cumplido.
Arrullo mojado en la ventana.
Y el sueño de siempre…

Mar. Vértigo. Miedo a la libertad. “