viernes, 22 de noviembre de 2013

La espera
Recostada en la penumbra,  yacía tan inmóvil como se lo permitían el temor y la tensión. Aguardaba el próximo paso intentando respirar con normalidad a pesar del estado de nervios en que se encontraba desde que lo había descubierto todo. Él no tenía que sospechar que estaba despierta. Era tal la adrenalina, que por encima del agotamiento físico y mental, se sintió realmente viva por primera vez en mucho tiempo…
Se habían casado un par de años atrás. La pareja ideal. La envidia de todos. Desde el día en que se conocieron todo había sido como salido de una novela romántica. Sólo que algunas novelas románticas tienen final feliz y otras… no. La felicidad les duró hasta que una mañana de invierno un motociclista le arrebató en un instante su capacidad de caminar y con ella, su vida de película. A partir de entonces  su existencia fue tan helada y gris como esa misma mañana. Todo lo bello que había en su vida se volvió horrible ante sus ojos. Ella, que era naturalmente bella, también se volvió horrible.  A la comprensible tristeza inicial le siguió la bronca (también comprensible) de no aceptar lo que había ocurrido. No podía entender cómo y por qué, justamente a ella. Se torturaba reviviendo una y otra vez el momento previo a cruzar esa calle para por lo menos convencerse de que no había sido su culpa. Más tarde se enteró de que en cierto modo el motociclista tampoco era culpable. Venía escapando de un intento de robo. Pero no tardó mucho en encontrar en quien descargar su frustración. Estaba claro que si su marido hubiera estado en casa, ella no hubiera andado caminando por ahí sola esa mañana. Y tan convencida estaba de que él era el responsable de su miseria que el amor que solía sentir se transformó paulatinamente en rencor y comenzó a tratarlo con absoluto desprecio. En respuesta, la devoción que él sentía por ella se tornó en un sentimiento de obligación teñido de un profundo resentimiento. Ambos se preguntaban cómo habían llegado las cosas a ese punto. Cómo esa situación tan inesperada como dolorosa, en lugar de unirlos más, había convertido su sueño en pesadilla. “Nada mejor que lo imprevisto para tomar conciencia de lo frágil que es el poder que tenemos sobre el rumbo de nuestra existencia” había leído ella en una revista femenina. Ellos, que se creían invencibles. Ellos, que antes se desvivían el uno por el otro, se habían convertido en dos extraños que ni se miraban a los ojos.
La decadencia moral tuvo un impacto fatal en su salud. Al principio era realmente la tristeza la que no le dejaba probar bocado. Con el tiempo prácticamente no comía ni se levantaba deliberadamente para llamar la atención de su esposo y con la sola intención de contagiarle la amargura que sentía. No podía soportar que él siguiera haciendo su vida de trabajo, de viajes, de reuniones. Antes del accidente pasaba sus horas esperándolo, planeando cosas para hacer a su regreso. Disfrutaba de esperarlo con ropa  nueva o un cambio de peinado. Cocinaba y se ocupaba de la casa con genuina alegría. Su día comenzaba cuando él volvía a casa.  Pero ahora la situación era otra y se sentía injustamente abandonada. Y lo que comenzó como un capricho se le volvió en contra cuando su estado empeoró tanto que ya no pudo abandonar la cama y necesitó asistencia permanente. El marido decidió contratar una enfermera de tiempo completo. Una chica demasiado joven y hermosa para el gusto de su esposa. “Qué conveniente” se dijo a sí misma cuando se la presentó. Y como su estado mental tampoco era el mejor, comenzó a fabular todo tipo de situaciones entre su marido y la enfermera. Incapaz de levantarse por sus propios medios imaginaba las conversaciones y los planes que harían a sus espaldas esos dos. Cómo se burlarían de ella y su cuerpo deformado. De su cara demacrada y su pelo descolorido. De su olor a mueble viejo y humedad. Así su mente iba derrumbándose, arrastrando de a poco los restos de cordura a los que se aferraba con desesperación.
Una mañana vio una silueta junto a la puerta de su habitación. ¿Era real? Era su marido. La observaba, pensando que estaba dormida. Por las dudas se quedó quieta. No entendía qué pasaba. Ya debería estar trabajando a esa hora. Pasaron un par de minutos y el marido entró sigilosamente y se detuvo al pie de la cama. Ella lo miraba con los ojos entornados. Cuando él comenzó a rodear lentamente la cama intentando no hacer ruido, ella hizo como que tosía. Él se detuvo inmediatamente. Un buen rato después y con un almohadón en sus manos se acercó hasta que ella pretendió despertarse y  con su tono habitual de disgusto le dijo “¿qué pasa?” Sorprendido, él titubeó “Quería ver si estabas cómoda, ya me voy… mi amor”. El “mi amor” sonó tan forzado que ella soltó una carcajada. Y él, completamente descolocado se retiró rápidamente. Se alcanzó a escuchar un murmullo fuera de la habitación, una pequeña discusión en voz baja. Ella reconoció la voz de la enfermera. Escuchó un portazo. Y a partir de esa mañana se le hizo casi imposible conciliar el sueño. Se mantenía despierta por el miedo que le causaba tan sólo pensar en lo que le esperaba. Tantas veces había deseado morir y ahora de repente sólo quería seguir viva.
La situación se repitió un mes después contribuyendo a empeorar su salud mental. No podía más con la angustia de la espera, imaginando todo el tiempo el único final posible. Decidió que si había próxima vez sería la última. Su destino no estaba escrito. Y si era así, ella lo iba a reescribir. Iba a ponerse a cargo de la situación. No se los iba a hacer fácil.
Finalmente una mañana la silueta de su marido volvió a aparecer junto a la puerta del cuarto. Ella estaba atenta a cada movimiento. Esta vez iba a dejar que él pensara que iba a salirse con la suya. Aunque se sentía cansada y confundida estaba resuelta a dar batalla. Había escuchado decir que en casos de vida o muerte el ser humano logra lo imposible. ¡Pero tenía tanto miedo! Estaba a punto de dejarse vencer por el dolor físico (que también le había desgarrado el alma) y sus pensamientos no eran del todo claros. Tras la confirmación de sus temores la vigilia se había vuelto constante y por momentos le costaba separar lo real de lo imaginado. Pero de algo estaba segura: tenía  oportunidad de acabar con la agonía.

Esta mañana el marido fue más cauteloso y la espera se hizo más larga que las veces anteriores. Probablemente también él había decidido que esta vez sería la última y quería asegurarse de no despertarla. Estaba notablemente nervioso. Su respiración  era un jadeo rítmico y suave, que sonaba al compás del tic-tac del reloj que estaba sobre la mesita de luz.  Como una cuenta regresiva. Ella sentía que la boca se le llenaba de saliva espesa, ahogándola y obligándola a tragar con esfuerzo. Cada vez que tragaba el pecho se le contraía en un espasmo y necesitaba toser imperiosamente. Cuando de una vez por todas el marido tomó el almohadón y comenzó a acercarse a la cama fue casi un alivio. Dejó que se acercara más. Estaba lista. Por un segundo pudo ver los ojos de él, desorbitados, rebozantes de furia y odio. Esos ya no eran los ojos que había adorado.  Eran los ojos de un animal enjaulado y enloquecido. No hubiera querido ver jamás esa mirada aterradora. Entonces, tomando el almohadón con ambas manos, él se inclinó sobre ella y se lo apretó con decisión contra la cara. Ella dio un manotazo desesperado en el aire. Se escuchó un grito ahogado. El cuchillo que había sabido esconder tiempo atrás después de un almuerzo se había enterrado certeramente en el corazón de su marido. Casi sin esfuerzo, sólo por el propio peso del hombre. ¡El peso! El único detalle que no había tenido en cuenta en sus planes febriles. Su marido era corpulento y ella estaba muy débil y con medio cuerpo paralizado. El almohadón había quedado entre su cara y el cuerpo que ahora sin vida parecía pesar todavía más.  “Nada mejor que lo imprevisto…” recordó.  En medio del horror del inminente desenlace sintió algo caliente corriendo por el costado de su cara. La sangre del esposo. No pudo hacer nada. Se escuchó otro grito ahogado. La espera había terminado. Para ambos. 
A lo hecho, pecho

Hoy me decidí. ¡Finalmente! Hace días que lo vengo planeando y posponiendo. Pero hoy decidí que esta situación tiene que terminar. Para bien o para mal. La idea se me ha metido en la cabeza y no me deja en paz ni un momento. Ando por la calle y algo me hace pensar otra vez en hacerlo y no puedo parar de calcular cuándo y qué pasará después. Ando distraída, barajando posibles resultados, siempre con el mismo temor… ¿y si después de juntar coraje y hacerlo de una vez por todas, el arrepentimiento me atormenta más de lo que me atormenta hoy la idea en sí misma? Me despierto en mitad de la noche y vuelta a lo mismo ¿me atreveré hoy? Y así pasan los días, de excusa en excusa. Soy indecisa… es verdad. Pero aquí se me presentan sólo dos opciones: lo hago o no lo hago. Debería resultarme fácil entonces, sólo tengo que atreverme y ya. Pero también pasa que tengo miedo de que la gente me empiece a mirar mal. Nunca se sabe. La gente puede ser muy cruel cuando no entiende por qué uno hace esto o lo otro. Quizás después ni yo misma voy a saber con qué cara mirarme en el espejo. Porque podría salir mal, muy mal. Conozco otras personas que ya lo han pasado, y sé que en algunos casos la angustia hizo estragos en ellas. Sé que han llorado y pataleado y gritado al mundo que nunca quisieron que las cosas salgan así. También sé que con el tiempo las cosas terminan por mejorar, la gente se olvida, quizás yo también lo olvide. O será que uno termina aceptando lo que hizo y se hace cargo. Quizás algún día me ría sola recordando la cuestión. Ojalá.

Pero desde que me levanté hoy, siento esta necesidad imperiosa de hacerlo y no puedo concentrarme en ninguna otra cosa. Aunque llegado el momento no sé si tendré el valor suficiente. Nunca fui de tomar riesgos, en nada. Aparte no puedo ni quiero pedir consejos porque en estos casos hay mucha subjetividad de por medio. Tendría que hablar con alguien muy confiable, que me diga la verdad sin rodeos y no me juzgue mal. Además no quiero que nadie sepa que soy tan cobarde. Aunque algunos ya lo sospechan. Pero no es algo que se pueda hacer a medias. Lo hago o no. Y una vez hecho…

Casi al mediodía no aguanté más. Respiré hondo para relajarme y no lo logré. Igual fui hasta el armario y con las manos temblorosas abrí el segundo cajoncito. Empecé a buscar entre las tijeras de costura. Elegí la más chiquita y afilada. La agarré y la miré y toqué el filo. Me la pasé de una mano a la otra. Fui al baño. Todavía dudaba. No me podía temblar el pulso, no. Y tenía que mantener mis ojos bien abiertos. Volví a respirar hondo y pensé “ es ahora o nunca”.

Después de todo ¿qué tan malo puede ser un flequillo más en el mundo?


jueves, 14 de noviembre de 2013

El juguete

Contó siete. Agachado en la cocina, inmóvil por el miedo. A pesar de los nervios, contó… cuatro, cinco, seis, siete. Estaba seguro. Había contado siete. Aunque no estaba del todo sobrio ni del todo despierto no le costaba imaginar lo que le esperaba. Sintió el frío bajándole por la columna como una ducha helada, hasta detrás de las rodillas y le empezaron a temblar las piernas…
Esa mañana había sido muy fría y la tarde todavía peor. De esas tardes de invierno en las que a la hora de la siesta no sale nadie. Ni los perros. De pájaros ni hablar. Apenas si asomaba el sol  detrás de las nubes. Fue justamente por el frío que estaba inquieto y se levantó del sillón donde trataba de dormir.  Se asomó por la ventana para mirar el cielo tratando de pronosticar si iba a nevar esa noche. No había podido entrar en calor con nada, así que se había tirado en el sofá envuelto con una frazada. Y así envuelto se levantó y se acercó a la ventana. Se veía parte de la calle y el patio del único vecino, ahí nomás. Podía ver a través del alambrado viejo y las enredaderas mal cuidadas. Sin prestar mucha atención, como sin ver. Nada. Ni un alma. Salvo que le pareció ver que una ligustrina bien crecida en el fondo del patio se movía, aunque no había viento. Siguió mirando pero se le empañaban los ojos, entre el sueño y el esfuerzo por ver más nítido. “Un gato” pensó. Tuvo que esforzarse para despejar un poco la vista y la mente porque había tomado mucho y dormido poco. Para algo se había jubilado. Lo habían jubilado, mejor dicho. “Un año más” había pedido, pero le dijeron que no. Si no, no hubiera estado ahí. Y si se hubiera vuelto rápido al sillón, no los hubiera visto. Pero los vio justo. Al primero le costó salir, como cuando uno se cae entre los arbustos y se le queda la ropa enganchada. El segundo igual. El tercero ya salió más naturalmente. Por eso tuvo tiempo de contar: cuatro, cinco, seis, siete. No entendía qué estaba viendo y se le erizó la piel de la nuca. Avisos que da el cuerpo anticipando que las cosas no están bien aún antes de que el mismo cerebro nos lo diga. Pero estaba tan aturdido que la sensación que tuvo no fue de que podía estar en peligro, solamente sintió que algo no estaba en su lugar. Una inconsistencia. No pudo alejarse de la ventana y siguió mirando.
Cuando terminaron de salir se pusieron a mirar alrededor como para asegurarse de que estaban solos, o al menos eso parecía que hacían. Se movían con torpeza, arrastrando y sacudiendo sus extremidades llenas de hojas. Se dispersaron por el patio tocando todo, como chicos. Hasta que a uno encontró algo. Los demás se acercaron de a uno a un rincón del patio. Algo juntaron del piso. Se lo empezaron a pasar de uno a otro, primero despacio, pero cada vez con más violencia. No se escuchaba nada desde adentro. Así que no pudo saber si se reían o qué. Cuando pudo ver lo que era el “juguete” se retorció de asco y pena. Fue en ese mismo instante en que uno se dio vuelta y miró hacia su ventana. Intentó convencerse a sí mismo de que no lo había visto. Pero alcanzó a sentir la mirada hueca y fría. Cuando se animó a mirar otra vez, el patio estaba vacío.
Si antes de eso estaba inquieto, ahora no iba a mejorar la cosa. Por puro instinto cerró con llave todas las  puertas que pudo. Y trabó todas las ventanas. Seguía sin entender qué había pasado. ¿Se había quedado dormido de tanto café con whisky? ¿Había soñado?  No recordaba haberse dormido y obviamente, estaba despierto. Pero no era posible que lo que había visto fuera verdad. “Es el cansancio, es el whisky, es el aburrimiento. Este frío insoportable. Debo tener fiebre.” Puso música para relajarse. Se hizo otro café con whisky (mucho más cargado que los anteriores). Comenzó  “Dream a little dream of me” y se volvió a enroscar con la frazada en el sillón. Se dejó llevar por la calidez de la voz de Ella y le ganó la pesadez del alcohol. Se fue sintiendo cada vez más cómodo y se le fueron aflojando los músculos que todo el tiempo había apretado sin querer. La confusión y el interés por entender lo que había visto se fueron diluyendo. Lo último que escuchó fue “…dulces sueños que dejan atrás todas las preocupaciones …” 
El creciente ruido del viento en las hojas lo fue sacando de su letargo. Pero no se terminaba de despertar. Con los ojos entreabiertos notó que ya estaba oscuro. Percibió movimiento a través de las rendijas de las persianas del frente. Escuchó pasos torpes en el pasto. Se levantó despacio y fue para la cocina. Y ahí a medio despabilar, agachado e inmóvil, contó a través de una ventanita con el vidrio esmerilado. Las siluetas iban pasando…cuatro, cinco, seis, siete. Sintió frío en la espalda. Recordó el patio del vecino. Recordó que la puerta del lavadero no cerraba bien. Si no hubiera sentido la garganta cerrada hubiera gritado. Todo pasó rápido. Sintió olor a tierra y plantas recién podadas. No tuvo tiempo de nada. Se le fueron encima y lo sacaron al patio. Era evidente que un nuevo juego estaba por comenzar. Se mantuvo de pie aunque sentía las piernas flojas y le dolía el pecho. Ya afuera notó un bulto en el suelo y  sintió algo de alivio al ver que ya tenían juguete. Entonces uno de ellos se lo extendió y no fue una amenaza sino más bien una invitación. Su desesperación fue mayor cuando entendió. Sintió que se desvanecía. Acidez en sus mandíbulas.  No lo habían buscado para ser juguete sino… jugador!


martes, 22 de octubre de 2013

Otro día para ser

Me cuelgo.
Miro para adentro.
Me distraen otras voces.

Por favor,
no me esperen.
Hoy estoy en otra.

Y mañana también.
El loco

-… Volar fue una necesidad temprana… -  Tenía la mirada perdida entre los árboles. Siempre que me hablaba sobre su infancia se ponía así, melancólico y serio. Yo nunca le pedí detalles porque no hacía falta. Se notaba que tenía una historia triste detrás y, si él no me la contaba por propia voluntad, me parecía de mala educación preguntarle.

-¿Viste cuando una bandada de pájaros sale volando de golpe?- continuó sin mirarme.  – Ajá - Yo asentí por no incomodarlo y porque me interesaba saber con qué me iba a salir, pero la verdad es que a mí me daba lo mismo lo que hicieran o dejaran de hacer los pájaros.
-Bueno - y ahí volvió la mirada hacia mí - cuando los pájaros se van a mí me queda un vacío, una sensación de soledad dolorosa y tangible acá adentro (se tocaba la boca del estómago) De chico soñaba ir detrás de ellos …  Siempre envidié la suerte de los pájaros de poder simplemente abrir las alas y escaparle al mundo, aunque sea por un rato. Tanto deseaba escapar que un día lo hice. Caminando, claro.-  Me sonrió. - Yo no llegué aquí por casualidad.  Y ahora que estoy viejo me siento enjaulado en este cuerpo grandote y cada vez más pesado. Pero, ¿sabés?, con los años me inventé un truco: cuando veo a los pájaros irse cierro los ojos. Respiro profundo y bien despacio. Me lleno los pulmones de aire y cuando lo suelto, la sensación de dolor se va yendo y yo me dejo llevar. Imagino que voy con ellos, siento el aire y el sol pegándome en la cara. Imagino que voy por sobre los árboles y entonces,  ya no me siento solo. Naturalmente siento que soy un pájaro más…-
                      
Mientras sigo mirando ese viejo banco de madera, intentando entender qué pasó, se me vino a la cabeza esa charla, una de las últimas que habíamos tenido  unos días atrás. La recordaba casi palabra por palabra, porque cuando él me hablaba no podía dejar de escucharlo. Me fascinaba porque por momentos no parecía tan loco. Hasta me sonaban coherentes (aunque quizás irreales) sus relatos. Ahora creo que mucha de la gente que conversa conmigo cada mañana es la que está realmente loca. El mundo entero está loco, buscando quién sabe qué. ¡Pero le decimos loco a él…!

-¿Es por eso que andás todo el día detrás de las palomas, Cecilio?-  le había  preguntado. Con un temor casi infantil de ofenderlo, esta vez era yo el que no lo miraba  los ojos.   
 -Claro, ¿por qué más iba a ser? No estoy loco, che - dijo, riéndose con ganas. - Ellas me aceptan,  incluso me buscan, no me tienen miedo ni me dañan. Como las personas – Eso último lo agregó en voz más baja.  Lo miré sorprendido y se rió otra vez -  Noooo, vos no -.

Esta mañana estaba en mi puesto, como de costumbre. Todo muy tranquilo.  Había sido una noche helada y la mañana  seguía muy fría. La famosa ola polar. Supongo que por eso la gente evitó salir temprano. Y los pájaros también. Desde lejos vi a Cecilio durmiendo en su banco. Todo envuelto en sus cobijas, metido dentro de una especie de bolsa que le habían regalado, llena de papel de diario para amortiguar el frío. Por más que le insistiesen él nunca abandonaba la plaza. “No puedo estar encerrado. Esta es mi casa” ,decía, “si los otros pájaros aguantan, yo también”. Sólo aceptaba comida o café caliente de algún que otro vecino. Nada más.


A media mañana volví a mirar para el banco y seguía durmiendo. Al menos no se había levantado. Agarré el termo con café y fui a verlo. Iba llegando y enseguida me dí cuenta. La expresión en su cara no era la de alguien que duerme plácidamente. Noté la media sonrisa congelada. Una mueca tiesa como el resto de su cuerpo. Iba a tocarlo y no me animé. Pensé en buscar a alguien. El cafetero. Corrí a la esquina y le expliqué como pude, con la voz entrecortada por la angustia y la agitación.  No me entendió pero igual vino conmigo enseguida. Caminé apurado. Ya no podía correr porque me dolía el pecho y el cafetero venía detrás siguiéndome el paso. A unos pocos metros me detuve: el banco estaba atiborrado de palomas. Tantas, que el cuerpo de Cecilio no se distinguía. El cafetero me miró extrañado y me dijo “¿Tanto lío por un montón de pájaros?”. Se volvió a su esquina. Me quedé mirándolo mientras se iba, balbuceando una explicación, cuando repentinamente escuché un golpeteo de alas. Me dí vuelta y sólo vi un remolino de plumas: todos los pájaros levantaron vuelo a la vez. Todos menos uno. En el banco quedó solito, un pájaro grande y gris. No sé por qué pero no pude contenerme y le grité “¡Cecilio!”. Y probablemente el loco ahora sea yo, pero podría jurar que el pájaro me miró. Podría jurar que me guiñó un ojo antes de salir volando detrás de los demás. Podría jurar que no era “un pájaro más…”

jueves, 17 de octubre de 2013

La ventana

“Este desván, altillo, o como quieran llamarlo, es mi casa. De aquí no me sacan ni muerto.” Lo dijo con toda la firmeza que pudo y todos se quedaron callados. Quizás por respeto, o fue sólo que no querían más escándalos. Lo miraban sin entender qué lo retenía en ese cuarto deprimente. A riesgo de quedar como un viejo caprichoso, el hombre sostuvo su mirada un momento y sin más explicaciones se dio vuelta y se metió adentro. Cuando cerró la puerta sintió que se quedaba sin fuerzas y tuvo que sostenerse del borde de la cama. Pero estaba contento de no haberles dejado ver su angustia. ¿Cómo se atrevían a decir que ese cuarto no servía para nada? ¡Si tenía la ventana…!
La ventana… su mundo se abría cuando abría la ventana. Era cierto que el cuarto era pequeño y al principio lo deprimía, pero eso cambió cuando descubrió que podía ver más allá e imaginar el mundo desde ahí arriba. Con sólo asomarse. Y lo mejor era que nadie se daba cuenta. Acostumbrado a pasar desapercibido toda su vida, se  conformaba con observar a los demás y de alguna manera ser parte de esas vidas ajenas.
La ventana en sí no tenía nada especial. La persiana era vieja y estaba despintada, con los goznes oxidados y siempre le costaba abrirla y cerrarla. Era de aquellas que dan salida a un balcón angostísimo , con una antigua reja de hierro forjado. Ni una maceta, ni una planta que le dieran vida o color. Jamás un pájaro ni una mariposa. Pero para él era un refugio donde no había lugar para la miseria o la soledad.  
Se había vuelto viejo y cada vez le costaba más acercar el banquito de madera para mirar hacia abajo. Llegó el invierno y se tenía que abrigar para poder asomarse. No le importaba que el frío inundara el cuarto. Es que con el vidrio cerrado no tenía la misma perspectiva del mundo. Algunos días se acompañaba con el mate, y otros, con algo fuerte, para entrar en calor.  Pero se había vuelto viejo y se sentía cansado. Por momentos la tos era tan fuerte que lo obligaba  a entrar un rato hasta que se calmaba. Le dolía el cuerpo entero cuando tosía. Pero no había dinero para médico ni paciencia para ir a un hospital. Además había decidido que nada de hospitales tristes. Esperaba tener su propio final feliz. Y así sería mientras pudiera asomarse por la ventana.
Esa tarde, luego de la discusión, se sintió particularmente raro. Estaba inquieto. Un calor en el pecho. “Son los nervios que me hacen agarrar. Estos no entienden nada… ¡si serán soberbios! ¿Cómo se atreven a…?” Se sirvió un vasito de anís para calmar la tos y encendió una estufa vieja para calentarse las manos. Se sintió algo mejor aunque la sensación rara en el pecho no se le iba. 
Miró la hora y pensó que en unos minutos iban a llegar los dos chiquitos de enfrente. Sonrió de sólo pensarlo. Siempre corriendo, muertos de risa, con sus delantales mal abotonados y  haciendo ruido con las rueditas de las mochilas golpeando en las baldosas rotas. Tocaban timbre, alguien les abría, y desaparecían de su vista. El viejo imaginaba que una mamá sonriente, con delantal y la blusa arremangada los recibía con la merienda lista: chocolate caliente y vainillas. Y muchos besos. Entonces recordaba su propia infancia.
Después estaba la adolescente que esperaba en la parada del colectivo, con sus carpetas y su flequillo que impedía verle los ojos. Miraba al piso hasta que al ratito llegaba él. El chico con sus jeans gastados y su mochila negra. Alto y desgarbado. Cuando llegaba se sacaba la capucha y le daba un beso rápido en la mejilla. El viejo imaginaba que ella se sonrojaba. Y que cuando subían al colectivo  se iban a algún bar perdido a escuchar poemas recitados por otro, hasta que se animaran a declararse su amor de una vez por todas. ¡Ah, su primer amor!
Más tarde, casi de noche, aparecía un hombre cuarentón de aspecto humilde pero impecable. Seguramente volvía de trabajar en una obra. Le daba esa impresión porque se le notaba la piel curtida por el sol y llevaba un bolsito al hombro. O tal vez se recordaba a sí mismo. Imaginaba que su cansancio se desvanecía cuando llegaba a su casa y encontraba a su mujer calentándole restos de un guiso en una cacerola abollada. Y le daba un beso en la frente a cada uno de los hijos que ya dormían.
Y a horas insólitas, impredecibles, llegaba la señora mayor que paseaba a su perro. Iba por la vereda despacio, tironeando de la correa al pobre animal que era tan viejo que apenas caminaba. Caprichosos, cada uno quería ir para el lado contario. El viejo se reía solo. Imaginaba que cuando daban vuelta a la esquina y los árboles no le permitían verlos más, salían los dos corriendo llenos de vida, con la agilidad de otras épocas.
Y así pasaba su tiempo, dibujando finales felices para cada vida extraña que desfilaba por la vereda. En su cabeza él revivía por ellos cosas que alguna vez le ocurrieron, o vivía mil cosas que jamás le pasaron. ¿Quién sabe? ¿Quizás tendría él el poder de dirigir los destinos de aquellos que ni sabían de su existencia? Qué idea tonta. Si ni siquiera sabía qué hacer con su propio destino. Lo cierto es que esa tarde después de la discusión con la gente del edificio se había sentido diferente. ¿Sería porque finalmente los había enfrentado?
Cuando la parejita desapareció de la parada, sintió mareos y pensó en acostarse un ratito. Todavía tenía tiempo hasta el próximo “personaje”. Se tapó con la frazada vieja. Tuvo otro ataque fuerte de tos. Sólo sintió una leve puntadita en el pecho y un fuerte deseo de dormir. Y se durmió pensando que ése era el día en que por fin el chico le diría a la chica cuánto la quería.  Pensando en vainillas y chocolate caliente… en guisos y besos… Y en aquella mezcla de finales felices se fue apagando su existencia…

¿Sería que esta vez alguien lo había estado observando a él, desde alguna otra ventana? ¿Sería que esta vez alguien había imaginado un final feliz para él?

miércoles, 9 de octubre de 2013

El sapo

El sapo esperaba. Había aprendido a ser paciente y sus tiempos no eran los de antes. Escondido entre los juncos, medio sumergido en el agua verdosa, la vio venir. Y la esperó…
Habían salido temprano, con la idea de parar al mediodía a comer. No entendía por qué a los padres les gustaba hacer esos pic-nics al lado de la ruta. Cuando era más chica le gustaban, ahora la aburrían. No tenía ganas de viajar y estaba de pésimo humor. Había estado callada todo el trayecto. Los padres ya los conocían bien, a ella y su humor, entonces la dejaron en paz. Era casi la una de la tarde cuando la madre señaló una arboleda a lo lejos y decidieron que ése era el lugar. Los padres bajaron primero. Ella bajó después de unos minutos para expresar su descontento. Pero ellos ya la conocían…
Mientras el padre luchaba contra los calambres en las piernas, la madre luchaba con la mesita y las sillas plegables. Ella los miraba y por dentro sonreía. “Ahí tienen”. Prepararon todo para comer y se sentaron. Los padres conversaban pero ella no tenía ganas de hablar. Agarró un paquete de galletitas saladas y pidió permiso para ir a caminar por ahí. Le dijeron que sí, con tal de que se mantuviera a la vista, pensando que un rato a solas y al aire libre le iba a cambiar el humor.
Caminó unos pocos metros. Más adelante le llamó la atención un destello de luz, el sol se reflejaba en lo que seguramente era agua. Era algo lejos pero no le importó. Miró hacia atrás y seguía viendo a sus padres así que supuso que estaba bien llegarse hasta ahí. Esperaba encontrar algo interesante, algo que le alegre el día. ¡Estaba tan aburrida! Llegó y vio que era un estanque. No era tan grande y sobre unas piedras, entre los juncos, había un sapo enorme. ¿Estaría durmiendo? Era probable porque tenía los ojos entrecerrados. Y no podía ser más feo. Convencida de que el animal dormía tuvo la tentación de tirarle con una ramita. Nada. Le tiró otra. El sapo abrió los ojos y le dijo “Por cosas como ésta es que odio a los niños”. Su voz sonaba áspera, desagradable. Ella sintió un poco de miedo y miró para todos lados, para asegurarse de que no había nadie escondido. No había forma de que detrás de los pocos juncos que asomaban del agua se escondiera una persona. Entonces tuvo más miedo. El sapo se dio cuenta y trató de sonar un poco más amigable. “Sólo tengo que lograr que ella me escuche” pensaba.
Al principio la voz del sapo le había parecido como la de aquellos demonios en las películas de Stephen King, y tuvo ganas de irse corriendo. Pero de a poco esa sensación se fue perdiendo. De a poco la voz se tornó en un murmullo que la relajaba y hasta le daba sueño.  De a poco el enojo se le fue pasando y se quedó sentada en la orilla como fascinada, en calma. No entendía las palabras del sapo, pero sintió una necesidad urgente de sumergirse en el estanque. No perdió la conciencia pero algo la impulsaba y no le importaba nada más que meterse al agua.  La voz del sapo seguía sonando, monótona y a esa altura casi agradable…
Para cuando los padres la encontraron ya era tarde. Fue la madre la que al ir a buscarla vio el buzo rojo flotando en el agua. Gritando como loca llamó al padre que llegó corriendo, sin aire. No imaginaba lo que iba a encontrar, pero seguro que era algo grave. Su mujer no era de las que gritaban porque sí. Tan angustiada estaba ella que no podía hablar, sólo daba alaridos y señalaba el agua. El padre se metió en el estanque sin dudar, y volvió con la chica en brazos. Si tan sólo la hubieran ido a buscar antes de guardar todo…El hombre tiritaba de frío y desesperación. La recostaron en el suelo, trataron de darle calor, de hacerla respirar… pero todo esfuerzo por revivirla fue inútil. Estaban literalmente en el medio de la nada, solos, y decidieron irse lo antes posible al primer pueblo que encontraran. La mujer acercó la camioneta y acostaron a su hija en el asiento de atrás.
Mientras tanto, el sapo, hinchado de satisfacción, había seguido la escena atentamente desde la orilla. Si algo le daba placer era este momento donde la familia suplicaba e invocaba a cada santo prometiendo cualquier cosa por volver el tiempo atrás y salir de ese horror. Estaba orgulloso por lo poco que le había costado esta vez, y por el poder que tenía sobre esas vidas, la que había tomado y las que había cambiado para siempre. Regodeándose en el sufrimiento de los padres, quiso ver a la chica otra vez. Pero la madre puso la camioneta en marcha y estaba tan alterada que en lugar de avanzar hizo marcha atrás. El sapo no llegó a reaccionar. No pudo escapar y fue aplastado por la rueda trasera del vehículo.

Una lechuza vieja, posada en un poste, no había perdido detalle de todo el incidente. Con ánimos de burlarse del sapo se le acercó y cuando iba a hablarle, escuchó la voz áspera y desagradable del moribundo. No entendía qué le decía pero sintió una necesidad urgente de volar hacia el estanque. Se posó sobre la piedra. Y ahora la que espera escondida entre los juncos es la lechuza…

jueves, 3 de octubre de 2013

Los demonios verdes

Se despertó con la ilusión de que ese día sería diferente. Sin ataques, sin necesidad de esconderse, de escapar o defenderse. Sin sentir ese miedo que le traspasaba el pecho.
“Quiero volver a casa. Quiero que me dejen en paz.” Repetía sin levantar la vista y era lo único que decía desde el primer día. No tenía fuerzas para escapar y sabía que nadie lo iba a sacar de ahí, así que apelaba a la piedad que pudieran sentir por él.
No recordaba cuándo lo habían capturado, pero  recordaba vagamente cómo. Había ocurrido  en medio de un ataque importante. Estaba solo. Escondido y aterrorizado, no tuvo tiempo ni oportunidad de defenderse. Eran varios y muy bien entrenados. Lo rodearon y lo inmovilizaron con facilidad. “Los demonios verdes” los llamaba él. Por el color de su uniforme y por el horror que le provocaban.
Su día comenzaba cuando la luz del sol se filtraba en la celda y daba en la pared sobre la cama. Y si no había sol, cuando empezaba a escuchar los ruidos, el movimiento supuestamente normal del lugar. Los gritos lejanos y cercanos. Voces autoritarias y voces sumisas. Alguna corrida o forcejeo. Las quejas y ruegos de otros como él. Algún portazo. Y el olor del desayuno, la única comida que aceptaba para poder estar con mínima vitalidad. No tomaba ninguna otra comida porque no confiaba en ellos. Seguramente no lo alimentaban en una actitud humanitaria, podía ser una trampa para que hable.
“¡Quiero volver a casa!” gritó una vez más y desde el otro lado del recinto una voz le dijo “Dejá de gritar y colaborá… o van a venir ellos…”  Eso bastó para que se calle, por el momento. No le gustaba  lo que pasaba cuando los demonios verdes aparecían. Con ellos venía la oscuridad, y en la oscuridad él se quedaba sin voz y no podía hablar ni gritar, y se quedaba paralizado y no podía correr ni defenderse.
Cerca del mediodía, estando todavía acostado, algo lo sobresaltó. Se incorporó y miró al piso. Estaba oscuro y no pudo ver nada. Algo se movía en el techo. Otra vez no pudo ver nada. Ahora escuchaba algo bajando por las paredes… ¿Sería capaz de soportar otra vez esa tortura? ¡Igual no iba a hablar! Respirando con dificultad, acurrucado y envuelto en sus mantas, esperó. El primer grito salió agudo, casi ahogado. Pero el miedo de saber lo que venía era tal que siguió gritando cada vez más fuerte, hasta que aparecieron los demonios. Transpiraba y temblaba… cuando lo rodearon su miedo ya no podía ser mayor. Llorando, indefenso, se rindió nuevamente a manos del enemigo.


Los enfermeros lo acomodaron en la cama y lo arroparon como era costumbre después de cada ataque. Uno de ellos dijo en voz baja “ ¿Por qué debe soportar esto un chico tan joven? Un día de éstos me voy a confundir de dosis…  “  Del otro lado del cuarto se escuchó como un susurro  “ Y pensar que para él vos sos un demonio…”

jueves, 26 de septiembre de 2013

Zapatos ajenos  (o la conciencia intranquila)

ELLA, fumando nerviosa mientras lo espera en un bar.

“Todavía no puedo creer que me haya hecho ésto. ¡Siento una impotencia, no sé qué hacer! Haga lo que haga no voy a quedar bien parada. ¿Para qué lo llamé? Hubiera dejado todo así.  ¿Es que no me basta con haberlo descubierto? No. Tengo que decírselo. Se creerá más inteligente si supone que se salió con la suya. No lo puedo permitir.
¡Nunca pensé que me pasaría a mí! O a él. Creí ser la más inteligente de los dos. Pero no,  hasta que no me pasó a mí, no supe que a él ya le había pasado. Solamente pude reconocer las huellas que fue dejando después de haberme calzado sus zapatos. Detalles imperceptibles para el que nunca anduvo ese camino… Estoy atada a lo que hice y a lo que sé. Ahora está por llegar y todavía no me decido.  Me consumen las ganas de exponerlo aunque no tengo nada que ganar… ¿Pero si no es tan estúpido y está esperando que yo hable primero para echarme en cara lo que hice?” 

ÉL, pensando mientras va a encontrarse con ELLA.

“Para mí que sabe. Si no, para qué me va a invitar a encontrarnos en un bar. Hubiéramos hablado en la empresa como siempre. Algo pasa. ¡Pero si será caradura! Si me acusa le voy a decir que sé lo que hizo ella. ¿Qué cómo lo sé? Reconozco que si no me hubiera pasado lo mismo a mí antes, no me habría dado cuenta. Raro como salieron las cosas. ¿Qué hago ahora? No, no  puedo acusarla sin delatarme. Es inteligente, me va a hacer caer. A otra le podría negar todo. Pero a ella… Además si ya lo sabe, qué le voy a negar.  Y si acepto mi culpa… No… No hay salida … Aunque a lo mejor no es tan inteligente como parece… ”

ÉL llega. ELLA le sonríe.  La charla es casual pero forzada. Los dos disimulan bien pero están alertas, a la defensiva. Se van terminando el café entre comentarios sin importancia y chismes de oficina. La incomodidad va desapareciendo. El tiempo pasa rápido y al final los dos se sienten seguros.

ELLA se despide, aliviada – ¡Te veo el lunes!
ÉL se despide, confiado - ¡Por supuesto!

ÉL piensa  “Qué tarado soy, casi le digo todo…menos mal que lo único que quería era verme lejos del trabajo. Jajaja, no es tan inteligente como yo pensaba”

ELLA se queda sola en el bar, pensando.

“Menos mal que no le dije nada. Es tan estúpido como creía. A veces quisiera ser menos inteligente ¿Este será el castigo por mi soberbia? ¡Y por no tener la conciencia tranquila! Mejor sería no haber descubierto nada. Hoy andaría más ¿feliz? No sé si feliz, pero preferiría no saber lo que es andar con zapatos ajenos.”

martes, 24 de septiembre de 2013

El salto

-Vamos,  todo va a salir bien- le dijo tratando de que recupere el entusiasmo.
 -No puedo…no sé… alguien podría vernos… - contestó con repentina indecisión.
- Te aseguro que estamos completamente solos, nadie viene nunca por acá. Además…   ¡este es el lugar perfecto!–  su tono era convincente.
Tenía razón. El lugar era realmente perfecto. Ya se notaba la primavera en la brisa tibia que mezclaba el olor a pasto fresco y flores nuevas. El verde intenso del valle parecía no tener fin. Un hilo de agua helada bajaba desde el cerro formando una pequeña cascada entre las piedras y su sonido era sedante. El calor del sol invitaba a relajarse. Sabía que era el momento indicado, que ya tenía edad suficiente y en el Instituto le habían dado toda la información necesaria. No había dudado al momento de tomar la decisión. Creía haber encontrado la pareja ideal. Y lo más importante: sentía muchas ganas de hacerlo. Pero aún así le daba algo de miedo dar “el salto”. Finalmente sólo bastó un cruce de miradas tiernas y cómplices y  el temor dio paso a la ilusión.
Saltaron tan sincronizadamente como sólo las parejas más armoniosas lo lograban… y al tocarse, sus formas se fusionaron en una nueva forma,  dando lugar a un nuevo ser, donde los dos eran uno pero no dejaban de ser, esencialmente, dos.  En medio de ese vértigo de sensaciones confusas se percibió claramente individual y dual. Eso en el Instituto no se lo habían explicado. (Quizás temían saltos precoces.) Parecía que todos los sentidos se fundían en una única sensación de infinita plenitud e intimidad.  Era una unión sensorial y racional, una comunión maravillosa, de la cual más adelante se desprendería un nuevo ser, una tercera forma. Y este tercer individuo eventualmente daría el salto con otro y así nuevos seres, nuevas formas, poblarían todo el planeta.
El ciclo se cumplía ininterrumpidamente desde hacía más de mil años.
Se preguntó si los seres humanos habrían experimentado algo así. De acuerdo a lo que había aprendido, ellos habitaban el planeta Tierra originalmente y a causa de una profunda crisis social se habían extinguido. Alienados por los avances tecnológicos, habían dejado de comunicarse de manera real, como sus ancestros.  Sólo se conectaban desde un mundo virtual, engañoso y distante, y se fueron extinguiendo.  Lentamente y sin remedio. Sintió  algo de pena pero a la vez pensó que de no ser por ellos, su propia especie, moribunda y errante, no hubiera tenido oportunidad de sobrevivir. La esperanza de perpetuarse en otro mundo se había hecho realidad  a costa del ocaso de la Humanidad. Tal había sido siempre la Naturaleza del Universo.
El ciclo se cumplía ininterrumpidamente desde hacía más de mil años y así seguiría ocurriendo… mientras los jóvenes no dejaran de dar “el salto”.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Karma

Se le hicieron las 10 y tuvo que levantarse. Si no, no llegaba. Se sentó de golpe en la cama y se mareó. “Dios, hoy no” suplicó con los ojos cerrados. Se incorporó despacito, respiró hondo y mecánicamente se empezó a poner los zapatos. Trató inútilmente de estirar las arrugas de la ropa que llevaba desde el día anterior. Se paró con cuidado, fue al baño y tomó un vaso de agua. Se miró de reojo en el espejo. Intentó corregir el maquillaje que llevaba también desde el día anterior. Uff. Esas ojeras se habían vuelto crónicas. ¡Y cómo le dolía la cabeza! ¿Dónde estaban los lentes de sol? Quiso arreglarse un poco el pelo y decidió que lo mejor era hacerse una cola. No tenía tiempo para más. Mientras buscaba los lentes sacó del bolsillo del jean un chicle de menta y se lo puso en la boca. Masticaba despacio porque masticar le hacía doler más la cabeza. Sentía que se movía en cámara lenta. Se acordó de que su bolso había quedado tirado en el piso del pasillo de entrada. Lo agarró de pasada y tanteó más o menos para ver si tenía todo. Por su peso supuso que sí.  Ahí debían estar los lentes. Manoteó las llaves que colgaban de la pared sin mirar, de memoria. Corrió al ascensor y se encontró de frente justo con esa vecina cara de urraca que la miró de arriba abajo como hacía siempre. Sintió en la mirada de esos ojos vidriosos y sin pestañas que la vieja la juzgaba por su apariencia, al mismo tiempo que escuchaba el “buen día” más falso del mundo. Ojalá hubiera alcanzado a ponerse los lentes. Pensó en bajar por las escaleras pero no le daba el tiempo. Se sentía cansada y se le partía la cabeza. “Vamos, vamos, son nada más que tres pisos” ¡el ascensor bajaba muy despacio! Y la vieja se moría por sacar conversación. Por un instante pensó en darle alguna explicación por el aspecto poco feliz que tenía esa mañana. La idea se esfumó cuando  se recordó a sí misma que recientemente (y sin el aval de su terapeuta) se había propuesto  dejar de pedir disculpas por todo. Cuando finalmente llegaron abajo se avalanzó sobre la puerta de entrada del edificio y no miró atrás. Se rió sola al pensar “la vieja se quedó pagando”. Volvió a respirar hondo como quien va a comenzar una carrera y se puso los lentes. Tenía nada más que una cuadra hasta la parada del colectivo. Le pareció más larga que nunca. El dolor de cabeza no la dejaba ni pensar. Se apuró lo más que pudo pero no sirvió de nada. Tuvo que esquivar señoras con carritos de bebé, señores mayores con bastón, mucamas paseando perros, adolescentes que iban a los empujones y ocupaban toda la vereda. Y todos andaban como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando vio que llegaba el 60 se desesperó y corrió, pero igual lo perdió. Encima había cola ya. Quién sabe cuándo volvería a pasar el Alto x Maipú. Y tenía unos cuantos minutos de viaje.  Pensó en tomar el tren. Miró el reloj. Ya era tarde. No llegaba. Se le nublaron los ojos y se atragantó tratando de disimular el llanto. Menos mal que llevaba los lentes de sol. ¿Cómo podía ser? Iba a terminar pidiendo disculpas…otra vez. 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Mariposas

- ¿Sabés lo que pasa?-  le dijo, riéndose, sin saber cuánto daño le causaba. -¡Tenés la cabeza llena de pajaritos! -
 - ¡No son pajaritos, son… mariposas! – comenzó la frase gritando pero la última palabra se le ahogó en el llanto que venía conteniendo. Se fue murmurando "¿quién confunde mariposas con pajaritos?". No podía explicarlo pero para ella estaba muy claro. Lo que revoloteaba alrededor de su cabeza eran mariposas. Hermosas. Inundaban sus pensamientos  siempre. Desde siempre. Le susurraban historias de otra gente, de otras vidas, de otros tiempos y lugares. Caprichosas, iban y venían en constante desorden, amontonándose, aturdiéndola. Por momentos las consideraba una maldición. La atormentaban. La distraían de las cosas “importantes” de la vida. Pero se había acostumbrado a su presencia y  las necesitaba. Ellas eran otro lado de su realidad. El lado fantástico. Llenaban los espacios en blanco, los silencios de la realidad.  Y cuando llegaba la  noche, precisamente cuando se estaba por dormir, unas pocas volvían y volvían hasta que, finalmente, alguna se quedaba enredada en su pelo. Entonces ella podía escucharlas y dejarse llevar.  En efecto: podía volar con ellas…

Eran claramente mariposas, no pajaritos… Se le saltaban las lágrimas de la bronca y volvió a preguntarse "¿Quién confunde mariposas con pajaritos? “

sábado, 7 de septiembre de 2013


Tormenta


Se desperezaba despacito con la certeza de que estaba sola en la casa. Podía escuchar los ruidos que venían de la calle, ya que la casa estaba en completo silencio como todas las mañanas. Se levantó y se vio frente al espejo. No estaba segura de gustarle su apariencia. Cursando sus treintas, la imagen que el espejo le devolvía era un poco aniñada y frágil. Con su pelo largo y oscuro atado en una trenza, reforzaba esa imagen. Pero sus ojeras contrastaban con su palidez y la hacían ver algo vieja y cansada. Se sintió malhumorada. El ruido del viento fuerte en las hojas y las ventanas le hizo desear quedarse todo el día en la cama. Era hermoso escuchar la tormenta desde la cama. Tapada hasta la nariz. Porque era una hermosura mezclada con miedo. El ruido del primer trueno casi le impide escuchar el teléfono. Respondió sin ganas:
- Sí –
- Hey, qué humor ¿ya enojada, tan temprano? – era la voz de su madre.
- Es que estaba durmiendo.- intentó no ser agresiva.
- Ahhh es que yo madrugué, como siempre, y no me dí cuenta de la hora... –
- Nunca te das cuenta de nada – se le escapó en voz alta. –
- Siempre la misma vos, mejor hablamos en otro momento – sonaba ofendida.
- Siempre la misma, vos – y cortó. – Para variar. –

Escuchó cómo empezaba a llover y se largó a reir con ganas. No iba a llorar más. Nunca más…

viernes, 23 de agosto de 2013

Los Rumores

Los Rumores llegaron un día. No se sabe cómo ni de dónde pero se adueñaron de las calles y de todo lugar donde la gente iniciara conversación. Al principio se escondían de la luz del día, pero pronto comenzaron a pasearse en público descaradamente y nadie se animaba a echarlos. Es más, estaban fascinados con su presencia, porque encerraban algo de misterio y si había algo que el pueblo no tenía era precisamente misterio.  “Dicen que…” “A mí me contaron…” “Yo sé que…” La gente se sentía importante y parte de algo interesante por primera vez.
Los Rumores aprovecharon su momento de fama. Es corta su vida y se termina cuando aparece la Verdad. La Verdad siempre está al acecho y finalmente llega, se instala y no deja espacio para los Rumores.

Y así fue. Otro día la Verdad llegó y sorprendió a todos, caminando por su alfombra roja, reina y soberana. Espléndida. Imposible no verla y quedársela mirando. Y mientras todos estaban maravillados y distraídos con ella, dicen que los Rumores se escaparon calladitos y rojos de vergüenza. Dicen… pero son sólo rumores…

jueves, 22 de agosto de 2013

Casi siempre estoy triste

(Juana Bignozzi)

Por dentro soy blando, débil.
Tuve problemas con chicas,
algunos parecían insuperables.
Lentamente me voy reponiendo
del golpe que me bajó
de la nube rosa
al suelo suelo.

Acá escribo mis poemitas,
toco el Derbake,
hago algún laburo.
No mucho, pero alcanza.

Sablazos vienen a veces,
me acostumbro
a esa violencia que sonríe.

Parto en dos a veces de viaje,
a encontrar el límite.


13/04/2011 17:30

Lejos

Soltando el lastre,
llegar hasta el sol.

Me revuelco en nubes,
junto estrellas como conchas mar.

Te busco a vos,
miraré atrás de la luna.

Respiro con el universo,
lleno de sustancia astral.

Así mis viajes.


20/03/2013