miércoles, 20 de agosto de 2014

La carta de amor perfecta

Eran las 2 de la mañana y Julián no se podía dormir. Otra vez. Es que no paraba de pensar en Sonia. ¡Estaba tan enamorado! Desde hacía meses. Ni bien la vió, se enamoró como loco. Como, según dicen, sólo los poetas pueden hacerlo. Y Julián se consideraba un gran poeta. Capaz de escribir cualquier poema, sobre cualquier tema, a pedido, en el momento. Poemas hermosos, ojo. No cualquier cosa.
Hacía tres noches se le había puesto en la cabeza que era hora de declararle a Sonia todo ese amor que inundaba sus sentidos a tiempo completo. Supuso que sería muy fácil para alguien con sus dotes poéticas pero cuando se sentó a escribir se encontró con, digámosle, un inconveniente. Quería escribir una carta de amor perfecta, digna de un poeta como él, digna de una chica como ella. Pero a causa de este asunto de la “inundación de los sentidos” no se le ocurría absolutamente nada. Bueno, la verdad es que se le ocurrían muchas cosas pero nada que considerara a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, no podía dar con la fórmula correcta para comenzar: “Mi adorada Sonia…” (Malísimo) Y no encontraba las palabras precisas para definir la catarata de sentimientos (sí, la inundación) que lo ahogaba: “Lo que siento por vos es tan inmenso como el mar…” (Horrible) Tampoco encontraba la manera de expresar todo lo que sentía cuando sus miradas se cruzaban en los pasillos del colegio: “Mis sentidos se nublan con una simple mirada tuya…” (Es pan to so) ¿Cómo demostrarle lo apasionado que podía ser, aún detrás de aquellos anteojos grandes que hacían que sus ojos se vieran tan pequeños? : “Por vos sería capaz de soportar los peores tormentos…” (¿En serio?).  ¡Una cursilería tras otra! Jamás imaginó que le resultaría tan difícil hablar de amor. Había ganado cada premio, cada mención en los concursos del colegio y del barrio. Se jactaba de su capacidad para poner en poesía todo lo que lo rodeaba. La poesía era sin ninguna duda su idioma y era éste un momento clave, la oportunidad de escribir el poema más hermoso, la carta de amor más bella jamás escrita.
¿Sería el famoso bloqueo de autor? Quizás con un poco de ayuda… Recorrió su biblioteca una y otra vez, releyendo a los mejores poetas. A ver si venía la inspiración por ese lado. Nada. Rebuscó en las novelas de amor más tormentosas alguna línea que le sirviera de disparador. Nada de nada. Buscó en internet las mejores frases románticas. Un desastre. Intentó recordar escenas de películas famosas, donde el galán siempre consigue que la chica se derrita por él. Fue inútil. Puso la radio. Estaban pasando algo de Arjona. Ah, nooo. Todo tiene un límite. Comenzó a buscar desesperadamente entre sus cd´s. Encontró temas de amor increíbles, temas “de aquellos”. Igual no hubo caso. Todo le sonaba trillado. Solamente lograba elaborar frases artificiales, exageradas, inexactas y hasta ridículas. Para Julián, era la peor de las tragedias.
Y en esa búsqueda de la declaración perfecta se le pasó otra noche más. Ya eran las 5 de la mañana. Quería decir que tenía sólo dos horas hasta que el despertador volviera a sonar. Otra vez no había dormido nada. ¡Otra vez no había escrito nada! Se sentía agotado y también algo avergonzado por no poder expresar sus sentimientos con facilidad. ¿Qué clase de poeta era? Desanimado, apoyó los codos sobre el escritorio y puso la cabeza entre las manos.  Cerró los ojos y suspiró. Antes de que pudiera darse cuenta se quedó dormido.
Se despertó sobresaltado. ¡Ya había amanecido! Se incorporó de golpe en la silla, pensando que había dormido mucho y que debía ser tarde. Tarde para la escuela. Tarde para escribir. No, no era posible. Su mamá lo hubiera ido a despertar. Miró el despertador: le quedaba casi otra hora más antes de irse. Respiró hondo. Intentó relajarse. Se estiró como un gato al sol. Inesperadamente, con la misma naturalidad con que la luz del día se iba adueñando de cada rincón de su cuarto desplazando la oscuridad de la noche,  así mismo se le empezó a aclarar el panorama. Entusiasmado sacó una hoja de la impresora y agarró una birome roja que era lo que tenía más a mano. Y escribió. Dobló la hoja en cuatro y se la puso en el bolsillo de la camisa. Volvió a respirar hondo. Al fin.  
Apenas tocó el desayuno, con la excusa de que no tenía tiempo. La verdad era que tenía el estómago revuelto de tantos nervios y sueño atrasado. Estaba cansado, pero por la misma excitación caminó tan rápido que llegó al colegio más temprano de lo habitual. No podía esperar a encontrársela. Sin embargo, cuando la vio de lejos se sintió inseguro y pensó en esperar a la hora de salida o al día siguiente o tal vez... Sonia se dio vuelta justo, lo vio venir y le sonrió. “OK. Mejor ahora” pensó él, sin darse cuenta de que también estaba sonriendo. Se acercó y sin mediar más que un “hola” en voz muy baja, le dio la carta. Ella se apartó de sus compañeras que se rieron sin ningún disimulo y desdobló la hoja con cuidado. A Julián se le revolvió todavía más el estómago y los labios le empezaron a temblar cuando notó que ella se ponía colorada y no levantaba la vista. Estaba a punto de irse cuando finalmente Sonia lo miró. Entonces pudo ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Sin decir una palabra lo abrazó y le dio un beso torpe y dulce a la vez, mientras en sus manos apretaba con fuerza la hoja donde Julián había escrito, con su letra pequeña de miope:

“TE AMO”

viernes, 2 de mayo de 2014

La tormenta (otra versión)

Se desperezaba lentamente con la certeza de que estaba sola en la casa. Era temprano. Escuchaba los ruidos que venían de la calle, pero la casa estaba en completo silencio como todas las mañanas. El ruido del viento fuerte en las hojas y las ventanas le hizo desear quedarse todo el día en la cama. ¿No era hermoso escuchar la tormenta desde la cama? Tapada hasta la nariz. Era una sensación de soledad mezclada con miedo. Pero era hermoso. Al miedo y la soledad estaba acostumbrada (no así a la hermosura). Por suerte la casa era pequeña. Seguramente si la casa hubiera sido más grande la hubiera invadido el pánico, como cuando era chica y visitaba a esos tíos que tenían una casa enorme con tantas puertas. No recordaba si de chica había soñado con una casa grande y con jardín como las demás chicas. La realidad era que de chica no había soñado con lo que sueñan normalmente todas las chicas. 
Le pareció sentir olor a flores pero en la casita no había jardín. Tampoco había quien le regalara algunas. Se levantó y sintió la alfombra áspera debajo de los pies helados y dudó, casi se mete a la cama otra vez. El cuarto estaba frío pero las sábanas seguían tibias. Se miró en el espejo y pensó que no había maquillaje que cubriera esas ojeras… El timbre sonó con insistencia apartándola bruscamente de sus pensamientos. A esa hora no esperaba visitas (ni a ninguna hora). Sintió bronca. ¡Quién se atrevía a interrumpir su vida! Odiaba las sorpresas. No iba a abrir, no le interesaba quién podría ser. De caprichosa se volvió a la cama, se tapó la cara con la sábana y esperó. El timbre no volvió a sonar. Sintió alivio.
Un trueno hizo vibrar hasta los portarretratos de la cómoda. Un relámpago se coló a través de las rendijas de la persiana chocando con el espejo. La imagen que vio en el espejo bajo esa luz la asustó. El aspecto del cuarto bajo esa luz la asustó. Sin pensarlo buscó refugio bajo las sábanas y se aferró a la almohada. Primero tensa, expectante. Pasó un rato y nada. Lluvia nomás. Otra vez sintió alivio. Recordó que la parte hermosa de la tormenta era estar en la cama escuchando el sonido de la lluvia, pero no los truenos.
Escuchando el golpeteo monótono del agua se calmó y, como pasaba siempre, su imaginación la rescató y la llevó lejos, a otros espacios. Mezclaba sueños y recuerdos. Y deseos. Era todo lo que tenía. Otra vez niña. No estaba segura de que le hubiera gustado volver a ser niña. Sólo intentaba reconstruir momentos felices, libres de miedo. No era fácil. A veces tenía que cambiar finales.
El patio de la escuela… se vio corriendo como loca por el pasto recién cortado. El árbol viejo y de tronco enorme, esperaba desafiante a que alguien lo trepara. Las rodillas lastimadas, la ropa enganchada, el consiguiente reto y los gritos de su madre. La obligación de ir a misa los domingos por la mañana… Seguro llegaba tarde y no alcanzaba a confesarse. No podía comulgar porque se había portado mal, o al menos eso le decían. Y ella lo creía. La casa de los nonos y las habitaciones prohibidas que guardaban tesoros en los roperos. Los trenes viejos y ruidosos invitando a gritar desaforadamente con los primos desde la vereda... 
Debió haberse quedado dormida enseguida. Y entonces anduvo por la escuela, por el pueblo, por la casa de los nonos, de los tíos…. Y corrió y gritó como loca. Trepó árboles y se revolcó por el pasto. Abrió puertas. Se portó como quiso. Revolvió roperos. Se burló de sus miedos pasados. Despreocupada por primera vez, recorrió sus recuerdos que eran en parte reales, en parte inventados. Y aunque tenía la cara mojada por las lágrimas cuando se despertó, se sintió bien … y no podía parar de reirse…

miércoles, 26 de febrero de 2014

Otro día para ser

Me cuelgo.
Miro para adentro.
Me distraen otras voces.

Por favor,
no me esperen.
Hoy estoy en otra.

Y mañana también.

miércoles, 12 de febrero de 2014

En lo oscuro

Oscuridad sin pájaros.
Deseos de lluvia.
De ir más profundo en la nada,
Sin saberse, en lo oscuro.
Descanso en la mente, silencio en el alma.
Sólo la lluvia. Deseo cumplido.
Arrullo mojado en la ventana.
Y el sueño de siempre…

Mar. Vértigo. Miedo a la libertad. “

viernes, 22 de noviembre de 2013

La espera
Recostada en la penumbra,  yacía tan inmóvil como se lo permitían el temor y la tensión. Aguardaba el próximo paso intentando respirar con normalidad a pesar del estado de nervios en que se encontraba desde que lo había descubierto todo. Él no tenía que sospechar que estaba despierta. Era tal la adrenalina, que por encima del agotamiento físico y mental, se sintió realmente viva por primera vez en mucho tiempo…
Se habían casado un par de años atrás. La pareja ideal. La envidia de todos. Desde el día en que se conocieron todo había sido como salido de una novela romántica. Sólo que algunas novelas románticas tienen final feliz y otras… no. La felicidad les duró hasta que una mañana de invierno un motociclista le arrebató en un instante su capacidad de caminar y con ella, su vida de película. A partir de entonces  su existencia fue tan helada y gris como esa misma mañana. Todo lo bello que había en su vida se volvió horrible ante sus ojos. Ella, que era naturalmente bella, también se volvió horrible.  A la comprensible tristeza inicial le siguió la bronca (también comprensible) de no aceptar lo que había ocurrido. No podía entender cómo y por qué, justamente a ella. Se torturaba reviviendo una y otra vez el momento previo a cruzar esa calle para por lo menos convencerse de que no había sido su culpa. Más tarde se enteró de que en cierto modo el motociclista tampoco era culpable. Venía escapando de un intento de robo. Pero no tardó mucho en encontrar en quien descargar su frustración. Estaba claro que si su marido hubiera estado en casa, ella no hubiera andado caminando por ahí sola esa mañana. Y tan convencida estaba de que él era el responsable de su miseria que el amor que solía sentir se transformó paulatinamente en rencor y comenzó a tratarlo con absoluto desprecio. En respuesta, la devoción que él sentía por ella se tornó en un sentimiento de obligación teñido de un profundo resentimiento. Ambos se preguntaban cómo habían llegado las cosas a ese punto. Cómo esa situación tan inesperada como dolorosa, en lugar de unirlos más, había convertido su sueño en pesadilla. “Nada mejor que lo imprevisto para tomar conciencia de lo frágil que es el poder que tenemos sobre el rumbo de nuestra existencia” había leído ella en una revista femenina. Ellos, que se creían invencibles. Ellos, que antes se desvivían el uno por el otro, se habían convertido en dos extraños que ni se miraban a los ojos.
La decadencia moral tuvo un impacto fatal en su salud. Al principio era realmente la tristeza la que no le dejaba probar bocado. Con el tiempo prácticamente no comía ni se levantaba deliberadamente para llamar la atención de su esposo y con la sola intención de contagiarle la amargura que sentía. No podía soportar que él siguiera haciendo su vida de trabajo, de viajes, de reuniones. Antes del accidente pasaba sus horas esperándolo, planeando cosas para hacer a su regreso. Disfrutaba de esperarlo con ropa  nueva o un cambio de peinado. Cocinaba y se ocupaba de la casa con genuina alegría. Su día comenzaba cuando él volvía a casa.  Pero ahora la situación era otra y se sentía injustamente abandonada. Y lo que comenzó como un capricho se le volvió en contra cuando su estado empeoró tanto que ya no pudo abandonar la cama y necesitó asistencia permanente. El marido decidió contratar una enfermera de tiempo completo. Una chica demasiado joven y hermosa para el gusto de su esposa. “Qué conveniente” se dijo a sí misma cuando se la presentó. Y como su estado mental tampoco era el mejor, comenzó a fabular todo tipo de situaciones entre su marido y la enfermera. Incapaz de levantarse por sus propios medios imaginaba las conversaciones y los planes que harían a sus espaldas esos dos. Cómo se burlarían de ella y su cuerpo deformado. De su cara demacrada y su pelo descolorido. De su olor a mueble viejo y humedad. Así su mente iba derrumbándose, arrastrando de a poco los restos de cordura a los que se aferraba con desesperación.
Una mañana vio una silueta junto a la puerta de su habitación. ¿Era real? Era su marido. La observaba, pensando que estaba dormida. Por las dudas se quedó quieta. No entendía qué pasaba. Ya debería estar trabajando a esa hora. Pasaron un par de minutos y el marido entró sigilosamente y se detuvo al pie de la cama. Ella lo miraba con los ojos entornados. Cuando él comenzó a rodear lentamente la cama intentando no hacer ruido, ella hizo como que tosía. Él se detuvo inmediatamente. Un buen rato después y con un almohadón en sus manos se acercó hasta que ella pretendió despertarse y  con su tono habitual de disgusto le dijo “¿qué pasa?” Sorprendido, él titubeó “Quería ver si estabas cómoda, ya me voy… mi amor”. El “mi amor” sonó tan forzado que ella soltó una carcajada. Y él, completamente descolocado se retiró rápidamente. Se alcanzó a escuchar un murmullo fuera de la habitación, una pequeña discusión en voz baja. Ella reconoció la voz de la enfermera. Escuchó un portazo. Y a partir de esa mañana se le hizo casi imposible conciliar el sueño. Se mantenía despierta por el miedo que le causaba tan sólo pensar en lo que le esperaba. Tantas veces había deseado morir y ahora de repente sólo quería seguir viva.
La situación se repitió un mes después contribuyendo a empeorar su salud mental. No podía más con la angustia de la espera, imaginando todo el tiempo el único final posible. Decidió que si había próxima vez sería la última. Su destino no estaba escrito. Y si era así, ella lo iba a reescribir. Iba a ponerse a cargo de la situación. No se los iba a hacer fácil.
Finalmente una mañana la silueta de su marido volvió a aparecer junto a la puerta del cuarto. Ella estaba atenta a cada movimiento. Esta vez iba a dejar que él pensara que iba a salirse con la suya. Aunque se sentía cansada y confundida estaba resuelta a dar batalla. Había escuchado decir que en casos de vida o muerte el ser humano logra lo imposible. ¡Pero tenía tanto miedo! Estaba a punto de dejarse vencer por el dolor físico (que también le había desgarrado el alma) y sus pensamientos no eran del todo claros. Tras la confirmación de sus temores la vigilia se había vuelto constante y por momentos le costaba separar lo real de lo imaginado. Pero de algo estaba segura: tenía  oportunidad de acabar con la agonía.

Esta mañana el marido fue más cauteloso y la espera se hizo más larga que las veces anteriores. Probablemente también él había decidido que esta vez sería la última y quería asegurarse de no despertarla. Estaba notablemente nervioso. Su respiración  era un jadeo rítmico y suave, que sonaba al compás del tic-tac del reloj que estaba sobre la mesita de luz.  Como una cuenta regresiva. Ella sentía que la boca se le llenaba de saliva espesa, ahogándola y obligándola a tragar con esfuerzo. Cada vez que tragaba el pecho se le contraía en un espasmo y necesitaba toser imperiosamente. Cuando de una vez por todas el marido tomó el almohadón y comenzó a acercarse a la cama fue casi un alivio. Dejó que se acercara más. Estaba lista. Por un segundo pudo ver los ojos de él, desorbitados, rebozantes de furia y odio. Esos ya no eran los ojos que había adorado.  Eran los ojos de un animal enjaulado y enloquecido. No hubiera querido ver jamás esa mirada aterradora. Entonces, tomando el almohadón con ambas manos, él se inclinó sobre ella y se lo apretó con decisión contra la cara. Ella dio un manotazo desesperado en el aire. Se escuchó un grito ahogado. El cuchillo que había sabido esconder tiempo atrás después de un almuerzo se había enterrado certeramente en el corazón de su marido. Casi sin esfuerzo, sólo por el propio peso del hombre. ¡El peso! El único detalle que no había tenido en cuenta en sus planes febriles. Su marido era corpulento y ella estaba muy débil y con medio cuerpo paralizado. El almohadón había quedado entre su cara y el cuerpo que ahora sin vida parecía pesar todavía más.  “Nada mejor que lo imprevisto…” recordó.  En medio del horror del inminente desenlace sintió algo caliente corriendo por el costado de su cara. La sangre del esposo. No pudo hacer nada. Se escuchó otro grito ahogado. La espera había terminado. Para ambos. 
A lo hecho, pecho

Hoy me decidí. ¡Finalmente! Hace días que lo vengo planeando y posponiendo. Pero hoy decidí que esta situación tiene que terminar. Para bien o para mal. La idea se me ha metido en la cabeza y no me deja en paz ni un momento. Ando por la calle y algo me hace pensar otra vez en hacerlo y no puedo parar de calcular cuándo y qué pasará después. Ando distraída, barajando posibles resultados, siempre con el mismo temor… ¿y si después de juntar coraje y hacerlo de una vez por todas, el arrepentimiento me atormenta más de lo que me atormenta hoy la idea en sí misma? Me despierto en mitad de la noche y vuelta a lo mismo ¿me atreveré hoy? Y así pasan los días, de excusa en excusa. Soy indecisa… es verdad. Pero aquí se me presentan sólo dos opciones: lo hago o no lo hago. Debería resultarme fácil entonces, sólo tengo que atreverme y ya. Pero también pasa que tengo miedo de que la gente me empiece a mirar mal. Nunca se sabe. La gente puede ser muy cruel cuando no entiende por qué uno hace esto o lo otro. Quizás después ni yo misma voy a saber con qué cara mirarme en el espejo. Porque podría salir mal, muy mal. Conozco otras personas que ya lo han pasado, y sé que en algunos casos la angustia hizo estragos en ellas. Sé que han llorado y pataleado y gritado al mundo que nunca quisieron que las cosas salgan así. También sé que con el tiempo las cosas terminan por mejorar, la gente se olvida, quizás yo también lo olvide. O será que uno termina aceptando lo que hizo y se hace cargo. Quizás algún día me ría sola recordando la cuestión. Ojalá.

Pero desde que me levanté hoy, siento esta necesidad imperiosa de hacerlo y no puedo concentrarme en ninguna otra cosa. Aunque llegado el momento no sé si tendré el valor suficiente. Nunca fui de tomar riesgos, en nada. Aparte no puedo ni quiero pedir consejos porque en estos casos hay mucha subjetividad de por medio. Tendría que hablar con alguien muy confiable, que me diga la verdad sin rodeos y no me juzgue mal. Además no quiero que nadie sepa que soy tan cobarde. Aunque algunos ya lo sospechan. Pero no es algo que se pueda hacer a medias. Lo hago o no. Y una vez hecho…

Casi al mediodía no aguanté más. Respiré hondo para relajarme y no lo logré. Igual fui hasta el armario y con las manos temblorosas abrí el segundo cajoncito. Empecé a buscar entre las tijeras de costura. Elegí la más chiquita y afilada. La agarré y la miré y toqué el filo. Me la pasé de una mano a la otra. Fui al baño. Todavía dudaba. No me podía temblar el pulso, no. Y tenía que mantener mis ojos bien abiertos. Volví a respirar hondo y pensé “ es ahora o nunca”.

Después de todo ¿qué tan malo puede ser un flequillo más en el mundo?


jueves, 14 de noviembre de 2013

El juguete

Contó siete. Agachado en la cocina, inmóvil por el miedo. A pesar de los nervios, contó… cuatro, cinco, seis, siete. Estaba seguro. Había contado siete. Aunque no estaba del todo sobrio ni del todo despierto no le costaba imaginar lo que le esperaba. Sintió el frío bajándole por la columna como una ducha helada, hasta detrás de las rodillas y le empezaron a temblar las piernas…
Esa mañana había sido muy fría y la tarde todavía peor. De esas tardes de invierno en las que a la hora de la siesta no sale nadie. Ni los perros. De pájaros ni hablar. Apenas si asomaba el sol  detrás de las nubes. Fue justamente por el frío que estaba inquieto y se levantó del sillón donde trataba de dormir.  Se asomó por la ventana para mirar el cielo tratando de pronosticar si iba a nevar esa noche. No había podido entrar en calor con nada, así que se había tirado en el sofá envuelto con una frazada. Y así envuelto se levantó y se acercó a la ventana. Se veía parte de la calle y el patio del único vecino, ahí nomás. Podía ver a través del alambrado viejo y las enredaderas mal cuidadas. Sin prestar mucha atención, como sin ver. Nada. Ni un alma. Salvo que le pareció ver que una ligustrina bien crecida en el fondo del patio se movía, aunque no había viento. Siguió mirando pero se le empañaban los ojos, entre el sueño y el esfuerzo por ver más nítido. “Un gato” pensó. Tuvo que esforzarse para despejar un poco la vista y la mente porque había tomado mucho y dormido poco. Para algo se había jubilado. Lo habían jubilado, mejor dicho. “Un año más” había pedido, pero le dijeron que no. Si no, no hubiera estado ahí. Y si se hubiera vuelto rápido al sillón, no los hubiera visto. Pero los vio justo. Al primero le costó salir, como cuando uno se cae entre los arbustos y se le queda la ropa enganchada. El segundo igual. El tercero ya salió más naturalmente. Por eso tuvo tiempo de contar: cuatro, cinco, seis, siete. No entendía qué estaba viendo y se le erizó la piel de la nuca. Avisos que da el cuerpo anticipando que las cosas no están bien aún antes de que el mismo cerebro nos lo diga. Pero estaba tan aturdido que la sensación que tuvo no fue de que podía estar en peligro, solamente sintió que algo no estaba en su lugar. Una inconsistencia. No pudo alejarse de la ventana y siguió mirando.
Cuando terminaron de salir se pusieron a mirar alrededor como para asegurarse de que estaban solos, o al menos eso parecía que hacían. Se movían con torpeza, arrastrando y sacudiendo sus extremidades llenas de hojas. Se dispersaron por el patio tocando todo, como chicos. Hasta que a uno encontró algo. Los demás se acercaron de a uno a un rincón del patio. Algo juntaron del piso. Se lo empezaron a pasar de uno a otro, primero despacio, pero cada vez con más violencia. No se escuchaba nada desde adentro. Así que no pudo saber si se reían o qué. Cuando pudo ver lo que era el “juguete” se retorció de asco y pena. Fue en ese mismo instante en que uno se dio vuelta y miró hacia su ventana. Intentó convencerse a sí mismo de que no lo había visto. Pero alcanzó a sentir la mirada hueca y fría. Cuando se animó a mirar otra vez, el patio estaba vacío.
Si antes de eso estaba inquieto, ahora no iba a mejorar la cosa. Por puro instinto cerró con llave todas las  puertas que pudo. Y trabó todas las ventanas. Seguía sin entender qué había pasado. ¿Se había quedado dormido de tanto café con whisky? ¿Había soñado?  No recordaba haberse dormido y obviamente, estaba despierto. Pero no era posible que lo que había visto fuera verdad. “Es el cansancio, es el whisky, es el aburrimiento. Este frío insoportable. Debo tener fiebre.” Puso música para relajarse. Se hizo otro café con whisky (mucho más cargado que los anteriores). Comenzó  “Dream a little dream of me” y se volvió a enroscar con la frazada en el sillón. Se dejó llevar por la calidez de la voz de Ella y le ganó la pesadez del alcohol. Se fue sintiendo cada vez más cómodo y se le fueron aflojando los músculos que todo el tiempo había apretado sin querer. La confusión y el interés por entender lo que había visto se fueron diluyendo. Lo último que escuchó fue “…dulces sueños que dejan atrás todas las preocupaciones …” 
El creciente ruido del viento en las hojas lo fue sacando de su letargo. Pero no se terminaba de despertar. Con los ojos entreabiertos notó que ya estaba oscuro. Percibió movimiento a través de las rendijas de las persianas del frente. Escuchó pasos torpes en el pasto. Se levantó despacio y fue para la cocina. Y ahí a medio despabilar, agachado e inmóvil, contó a través de una ventanita con el vidrio esmerilado. Las siluetas iban pasando…cuatro, cinco, seis, siete. Sintió frío en la espalda. Recordó el patio del vecino. Recordó que la puerta del lavadero no cerraba bien. Si no hubiera sentido la garganta cerrada hubiera gritado. Todo pasó rápido. Sintió olor a tierra y plantas recién podadas. No tuvo tiempo de nada. Se le fueron encima y lo sacaron al patio. Era evidente que un nuevo juego estaba por comenzar. Se mantuvo de pie aunque sentía las piernas flojas y le dolía el pecho. Ya afuera notó un bulto en el suelo y  sintió algo de alivio al ver que ya tenían juguete. Entonces uno de ellos se lo extendió y no fue una amenaza sino más bien una invitación. Su desesperación fue mayor cuando entendió. Sintió que se desvanecía. Acidez en sus mandíbulas.  No lo habían buscado para ser juguete sino… jugador!