La carta de
amor perfecta
Eran las 2 de la mañana y Julián no se podía dormir. Otra vez. Es que no
paraba de pensar en Sonia. ¡Estaba tan enamorado! Desde hacía meses. Ni bien la
vió, se enamoró como loco. Como, según dicen, sólo los poetas pueden hacerlo. Y
Julián se consideraba un gran poeta. Capaz de escribir cualquier poema, sobre
cualquier tema, a pedido, en el momento. Poemas hermosos, ojo. No cualquier
cosa.
Hacía tres noches se le había puesto en la cabeza que era hora de
declararle a Sonia todo ese amor que inundaba sus sentidos a tiempo completo. Supuso
que sería muy fácil para alguien con sus dotes poéticas pero cuando se sentó a
escribir se encontró con, digámosle, un inconveniente. Quería escribir una
carta de amor perfecta, digna de un poeta como él, digna de una chica como
ella. Pero a causa de este asunto de la “inundación de los sentidos” no se le
ocurría absolutamente nada. Bueno, la verdad es que se le ocurrían muchas cosas
pero nada que considerara a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, no
podía dar con la fórmula correcta para comenzar: “Mi adorada Sonia…” (Malísimo)
Y no encontraba las palabras precisas para definir la catarata de sentimientos (sí,
la inundación) que lo ahogaba: “Lo que siento por vos es tan inmenso como el
mar…” (Horrible) Tampoco encontraba la manera de expresar todo lo que sentía
cuando sus miradas se cruzaban en los pasillos del colegio: “Mis sentidos se
nublan con una simple mirada tuya…” (Es pan to so) ¿Cómo demostrarle lo
apasionado que podía ser, aún detrás de aquellos anteojos grandes que hacían
que sus ojos se vieran tan pequeños? : “Por vos sería capaz de soportar los
peores tormentos…” (¿En serio?). ¡Una
cursilería tras otra! Jamás imaginó que le resultaría tan difícil hablar de amor.
Había ganado cada premio, cada mención en los concursos del colegio y del
barrio. Se jactaba de su capacidad para poner en poesía todo lo que lo rodeaba.
La poesía era sin ninguna duda su idioma y era éste un momento clave, la
oportunidad de escribir el poema más hermoso, la carta de amor más bella jamás
escrita.
¿Sería el famoso bloqueo de autor? Quizás con un poco de ayuda… Recorrió su
biblioteca una y otra vez, releyendo a los mejores poetas. A ver si venía la
inspiración por ese lado. Nada. Rebuscó en las novelas de amor más tormentosas
alguna línea que le sirviera de disparador. Nada de nada. Buscó en internet las
mejores frases románticas. Un desastre. Intentó recordar escenas de películas
famosas, donde el galán siempre consigue que la chica se derrita por él. Fue
inútil. Puso la radio. Estaban pasando algo de Arjona. Ah, nooo. Todo tiene un
límite. Comenzó a buscar desesperadamente entre sus cd´s. Encontró temas de
amor increíbles, temas “de aquellos”. Igual no hubo caso. Todo le sonaba
trillado. Solamente lograba elaborar frases artificiales, exageradas, inexactas
y hasta ridículas. Para Julián, era la peor de las tragedias.
Y en esa búsqueda de la declaración perfecta se le pasó otra noche más. Ya eran
las 5 de la mañana. Quería decir que tenía sólo dos horas hasta que el
despertador volviera a sonar. Otra vez no había dormido nada. ¡Otra vez no
había escrito nada! Se sentía agotado y también algo avergonzado por no poder
expresar sus sentimientos con facilidad. ¿Qué clase de poeta era? Desanimado, apoyó
los codos sobre el escritorio y puso la cabeza entre las manos. Cerró los ojos y suspiró. Antes de que pudiera
darse cuenta se quedó dormido.
Se despertó sobresaltado. ¡Ya había amanecido! Se incorporó de golpe en la
silla, pensando que había dormido mucho y que debía ser tarde. Tarde para la
escuela. Tarde para escribir. No, no era posible. Su mamá lo hubiera ido a
despertar. Miró el despertador: le quedaba casi otra hora más antes de irse. Respiró
hondo. Intentó relajarse. Se estiró como un gato al sol. Inesperadamente, con la
misma naturalidad con que la luz del día se iba adueñando de cada rincón de su
cuarto desplazando la oscuridad de la noche, así mismo se le empezó a aclarar el panorama. Entusiasmado
sacó una hoja de la impresora y agarró una birome roja que era lo que tenía más
a mano. Y escribió. Dobló la hoja en cuatro y se la puso en el bolsillo de la
camisa. Volvió a respirar hondo. Al fin.
Apenas tocó el desayuno, con la excusa de que no tenía tiempo. La verdad
era que tenía el estómago revuelto de tantos nervios y sueño atrasado. Estaba cansado,
pero por la misma excitación caminó tan rápido que llegó al colegio más
temprano de lo habitual. No podía esperar a encontrársela. Sin embargo, cuando
la vio de lejos se sintió inseguro y pensó en esperar a la hora de salida o al
día siguiente o tal vez... Sonia se dio vuelta justo, lo vio venir y le sonrió.
“OK. Mejor ahora” pensó él, sin darse cuenta de que también estaba sonriendo.
Se acercó y sin mediar más que un “hola” en voz muy baja, le dio la carta. Ella
se apartó de sus compañeras que se rieron sin ningún disimulo y desdobló la
hoja con cuidado. A Julián se le revolvió todavía más el estómago y los labios
le empezaron a temblar cuando notó que ella se ponía colorada y no levantaba la
vista. Estaba a punto de irse cuando finalmente Sonia lo miró. Entonces pudo
ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Sin decir una palabra lo abrazó y le
dio un beso torpe y dulce a la vez, mientras en sus manos apretaba con fuerza
la hoja donde Julián había escrito, con su letra pequeña de miope:
“TE AMO”