jueves, 26 de septiembre de 2013

Zapatos ajenos  (o la conciencia intranquila)

ELLA, fumando nerviosa mientras lo espera en un bar.

“Todavía no puedo creer que me haya hecho ésto. ¡Siento una impotencia, no sé qué hacer! Haga lo que haga no voy a quedar bien parada. ¿Para qué lo llamé? Hubiera dejado todo así.  ¿Es que no me basta con haberlo descubierto? No. Tengo que decírselo. Se creerá más inteligente si supone que se salió con la suya. No lo puedo permitir.
¡Nunca pensé que me pasaría a mí! O a él. Creí ser la más inteligente de los dos. Pero no,  hasta que no me pasó a mí, no supe que a él ya le había pasado. Solamente pude reconocer las huellas que fue dejando después de haberme calzado sus zapatos. Detalles imperceptibles para el que nunca anduvo ese camino… Estoy atada a lo que hice y a lo que sé. Ahora está por llegar y todavía no me decido.  Me consumen las ganas de exponerlo aunque no tengo nada que ganar… ¿Pero si no es tan estúpido y está esperando que yo hable primero para echarme en cara lo que hice?” 

ÉL, pensando mientras va a encontrarse con ELLA.

“Para mí que sabe. Si no, para qué me va a invitar a encontrarnos en un bar. Hubiéramos hablado en la empresa como siempre. Algo pasa. ¡Pero si será caradura! Si me acusa le voy a decir que sé lo que hizo ella. ¿Qué cómo lo sé? Reconozco que si no me hubiera pasado lo mismo a mí antes, no me habría dado cuenta. Raro como salieron las cosas. ¿Qué hago ahora? No, no  puedo acusarla sin delatarme. Es inteligente, me va a hacer caer. A otra le podría negar todo. Pero a ella… Además si ya lo sabe, qué le voy a negar.  Y si acepto mi culpa… No… No hay salida … Aunque a lo mejor no es tan inteligente como parece… ”

ÉL llega. ELLA le sonríe.  La charla es casual pero forzada. Los dos disimulan bien pero están alertas, a la defensiva. Se van terminando el café entre comentarios sin importancia y chismes de oficina. La incomodidad va desapareciendo. El tiempo pasa rápido y al final los dos se sienten seguros.

ELLA se despide, aliviada – ¡Te veo el lunes!
ÉL se despide, confiado - ¡Por supuesto!

ÉL piensa  “Qué tarado soy, casi le digo todo…menos mal que lo único que quería era verme lejos del trabajo. Jajaja, no es tan inteligente como yo pensaba”

ELLA se queda sola en el bar, pensando.

“Menos mal que no le dije nada. Es tan estúpido como creía. A veces quisiera ser menos inteligente ¿Este será el castigo por mi soberbia? ¡Y por no tener la conciencia tranquila! Mejor sería no haber descubierto nada. Hoy andaría más ¿feliz? No sé si feliz, pero preferiría no saber lo que es andar con zapatos ajenos.”

martes, 24 de septiembre de 2013

El salto

-Vamos,  todo va a salir bien- le dijo tratando de que recupere el entusiasmo.
 -No puedo…no sé… alguien podría vernos… - contestó con repentina indecisión.
- Te aseguro que estamos completamente solos, nadie viene nunca por acá. Además…   ¡este es el lugar perfecto!–  su tono era convincente.
Tenía razón. El lugar era realmente perfecto. Ya se notaba la primavera en la brisa tibia que mezclaba el olor a pasto fresco y flores nuevas. El verde intenso del valle parecía no tener fin. Un hilo de agua helada bajaba desde el cerro formando una pequeña cascada entre las piedras y su sonido era sedante. El calor del sol invitaba a relajarse. Sabía que era el momento indicado, que ya tenía edad suficiente y en el Instituto le habían dado toda la información necesaria. No había dudado al momento de tomar la decisión. Creía haber encontrado la pareja ideal. Y lo más importante: sentía muchas ganas de hacerlo. Pero aún así le daba algo de miedo dar “el salto”. Finalmente sólo bastó un cruce de miradas tiernas y cómplices y  el temor dio paso a la ilusión.
Saltaron tan sincronizadamente como sólo las parejas más armoniosas lo lograban… y al tocarse, sus formas se fusionaron en una nueva forma,  dando lugar a un nuevo ser, donde los dos eran uno pero no dejaban de ser, esencialmente, dos.  En medio de ese vértigo de sensaciones confusas se percibió claramente individual y dual. Eso en el Instituto no se lo habían explicado. (Quizás temían saltos precoces.) Parecía que todos los sentidos se fundían en una única sensación de infinita plenitud e intimidad.  Era una unión sensorial y racional, una comunión maravillosa, de la cual más adelante se desprendería un nuevo ser, una tercera forma. Y este tercer individuo eventualmente daría el salto con otro y así nuevos seres, nuevas formas, poblarían todo el planeta.
El ciclo se cumplía ininterrumpidamente desde hacía más de mil años.
Se preguntó si los seres humanos habrían experimentado algo así. De acuerdo a lo que había aprendido, ellos habitaban el planeta Tierra originalmente y a causa de una profunda crisis social se habían extinguido. Alienados por los avances tecnológicos, habían dejado de comunicarse de manera real, como sus ancestros.  Sólo se conectaban desde un mundo virtual, engañoso y distante, y se fueron extinguiendo.  Lentamente y sin remedio. Sintió  algo de pena pero a la vez pensó que de no ser por ellos, su propia especie, moribunda y errante, no hubiera tenido oportunidad de sobrevivir. La esperanza de perpetuarse en otro mundo se había hecho realidad  a costa del ocaso de la Humanidad. Tal había sido siempre la Naturaleza del Universo.
El ciclo se cumplía ininterrumpidamente desde hacía más de mil años y así seguiría ocurriendo… mientras los jóvenes no dejaran de dar “el salto”.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Karma

Se le hicieron las 10 y tuvo que levantarse. Si no, no llegaba. Se sentó de golpe en la cama y se mareó. “Dios, hoy no” suplicó con los ojos cerrados. Se incorporó despacito, respiró hondo y mecánicamente se empezó a poner los zapatos. Trató inútilmente de estirar las arrugas de la ropa que llevaba desde el día anterior. Se paró con cuidado, fue al baño y tomó un vaso de agua. Se miró de reojo en el espejo. Intentó corregir el maquillaje que llevaba también desde el día anterior. Uff. Esas ojeras se habían vuelto crónicas. ¡Y cómo le dolía la cabeza! ¿Dónde estaban los lentes de sol? Quiso arreglarse un poco el pelo y decidió que lo mejor era hacerse una cola. No tenía tiempo para más. Mientras buscaba los lentes sacó del bolsillo del jean un chicle de menta y se lo puso en la boca. Masticaba despacio porque masticar le hacía doler más la cabeza. Sentía que se movía en cámara lenta. Se acordó de que su bolso había quedado tirado en el piso del pasillo de entrada. Lo agarró de pasada y tanteó más o menos para ver si tenía todo. Por su peso supuso que sí.  Ahí debían estar los lentes. Manoteó las llaves que colgaban de la pared sin mirar, de memoria. Corrió al ascensor y se encontró de frente justo con esa vecina cara de urraca que la miró de arriba abajo como hacía siempre. Sintió en la mirada de esos ojos vidriosos y sin pestañas que la vieja la juzgaba por su apariencia, al mismo tiempo que escuchaba el “buen día” más falso del mundo. Ojalá hubiera alcanzado a ponerse los lentes. Pensó en bajar por las escaleras pero no le daba el tiempo. Se sentía cansada y se le partía la cabeza. “Vamos, vamos, son nada más que tres pisos” ¡el ascensor bajaba muy despacio! Y la vieja se moría por sacar conversación. Por un instante pensó en darle alguna explicación por el aspecto poco feliz que tenía esa mañana. La idea se esfumó cuando  se recordó a sí misma que recientemente (y sin el aval de su terapeuta) se había propuesto  dejar de pedir disculpas por todo. Cuando finalmente llegaron abajo se avalanzó sobre la puerta de entrada del edificio y no miró atrás. Se rió sola al pensar “la vieja se quedó pagando”. Volvió a respirar hondo como quien va a comenzar una carrera y se puso los lentes. Tenía nada más que una cuadra hasta la parada del colectivo. Le pareció más larga que nunca. El dolor de cabeza no la dejaba ni pensar. Se apuró lo más que pudo pero no sirvió de nada. Tuvo que esquivar señoras con carritos de bebé, señores mayores con bastón, mucamas paseando perros, adolescentes que iban a los empujones y ocupaban toda la vereda. Y todos andaban como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando vio que llegaba el 60 se desesperó y corrió, pero igual lo perdió. Encima había cola ya. Quién sabe cuándo volvería a pasar el Alto x Maipú. Y tenía unos cuantos minutos de viaje.  Pensó en tomar el tren. Miró el reloj. Ya era tarde. No llegaba. Se le nublaron los ojos y se atragantó tratando de disimular el llanto. Menos mal que llevaba los lentes de sol. ¿Cómo podía ser? Iba a terminar pidiendo disculpas…otra vez. 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Mariposas

- ¿Sabés lo que pasa?-  le dijo, riéndose, sin saber cuánto daño le causaba. -¡Tenés la cabeza llena de pajaritos! -
 - ¡No son pajaritos, son… mariposas! – comenzó la frase gritando pero la última palabra se le ahogó en el llanto que venía conteniendo. Se fue murmurando "¿quién confunde mariposas con pajaritos?". No podía explicarlo pero para ella estaba muy claro. Lo que revoloteaba alrededor de su cabeza eran mariposas. Hermosas. Inundaban sus pensamientos  siempre. Desde siempre. Le susurraban historias de otra gente, de otras vidas, de otros tiempos y lugares. Caprichosas, iban y venían en constante desorden, amontonándose, aturdiéndola. Por momentos las consideraba una maldición. La atormentaban. La distraían de las cosas “importantes” de la vida. Pero se había acostumbrado a su presencia y  las necesitaba. Ellas eran otro lado de su realidad. El lado fantástico. Llenaban los espacios en blanco, los silencios de la realidad.  Y cuando llegaba la  noche, precisamente cuando se estaba por dormir, unas pocas volvían y volvían hasta que, finalmente, alguna se quedaba enredada en su pelo. Entonces ella podía escucharlas y dejarse llevar.  En efecto: podía volar con ellas…

Eran claramente mariposas, no pajaritos… Se le saltaban las lágrimas de la bronca y volvió a preguntarse "¿Quién confunde mariposas con pajaritos? “

sábado, 7 de septiembre de 2013


Tormenta


Se desperezaba despacito con la certeza de que estaba sola en la casa. Podía escuchar los ruidos que venían de la calle, ya que la casa estaba en completo silencio como todas las mañanas. Se levantó y se vio frente al espejo. No estaba segura de gustarle su apariencia. Cursando sus treintas, la imagen que el espejo le devolvía era un poco aniñada y frágil. Con su pelo largo y oscuro atado en una trenza, reforzaba esa imagen. Pero sus ojeras contrastaban con su palidez y la hacían ver algo vieja y cansada. Se sintió malhumorada. El ruido del viento fuerte en las hojas y las ventanas le hizo desear quedarse todo el día en la cama. Era hermoso escuchar la tormenta desde la cama. Tapada hasta la nariz. Porque era una hermosura mezclada con miedo. El ruido del primer trueno casi le impide escuchar el teléfono. Respondió sin ganas:
- Sí –
- Hey, qué humor ¿ya enojada, tan temprano? – era la voz de su madre.
- Es que estaba durmiendo.- intentó no ser agresiva.
- Ahhh es que yo madrugué, como siempre, y no me dí cuenta de la hora... –
- Nunca te das cuenta de nada – se le escapó en voz alta. –
- Siempre la misma vos, mejor hablamos en otro momento – sonaba ofendida.
- Siempre la misma, vos – y cortó. – Para variar. –

Escuchó cómo empezaba a llover y se largó a reir con ganas. No iba a llorar más. Nunca más…