La espera
Recostada en la penumbra, yacía tan inmóvil como se lo permitían el
temor y la tensión. Aguardaba el próximo paso intentando respirar con
normalidad a pesar del estado de nervios en que se encontraba desde que lo
había descubierto todo. Él no tenía que sospechar que estaba despierta. Era tal
la adrenalina, que por encima del agotamiento físico y mental, se sintió
realmente viva por primera vez en mucho tiempo…
Se habían casado un par de años
atrás. La pareja ideal. La envidia de todos. Desde el día en que se conocieron
todo había sido como salido de una novela romántica. Sólo que algunas novelas
románticas tienen final feliz y otras… no. La felicidad les duró hasta que una
mañana de invierno un motociclista le arrebató en un instante su capacidad de
caminar y con ella, su vida de película. A partir de entonces su existencia fue tan helada y gris como esa misma
mañana. Todo lo bello que había en su vida se volvió horrible ante sus ojos.
Ella, que era naturalmente bella, también se volvió horrible. A la comprensible tristeza inicial le siguió la
bronca (también comprensible) de no aceptar lo que había ocurrido. No podía
entender cómo y por qué, justamente a ella. Se torturaba reviviendo una y otra
vez el momento previo a cruzar esa calle para por lo menos convencerse de que
no había sido su culpa. Más tarde se enteró de que en cierto modo el
motociclista tampoco era culpable. Venía escapando de un intento de robo. Pero
no tardó mucho en encontrar en quien descargar su frustración. Estaba claro que
si su marido hubiera estado en casa, ella no hubiera andado caminando por ahí sola
esa mañana. Y tan convencida estaba de que él era el responsable de su miseria
que el amor que solía sentir se transformó paulatinamente en rencor y comenzó a
tratarlo con absoluto desprecio. En respuesta, la devoción que él sentía por
ella se tornó en un sentimiento de obligación teñido de un profundo
resentimiento. Ambos se preguntaban cómo habían llegado las cosas a ese punto.
Cómo esa situación tan inesperada como dolorosa, en lugar de unirlos más, había
convertido su sueño en pesadilla. “Nada mejor que lo imprevisto para tomar
conciencia de lo frágil que es el poder que tenemos sobre el rumbo de nuestra
existencia” había leído ella en una revista femenina. Ellos, que se creían
invencibles. Ellos, que antes se desvivían el uno por el otro, se habían
convertido en dos extraños que ni se miraban a los ojos.
La decadencia moral tuvo un
impacto fatal en su salud. Al principio era realmente la tristeza la que no le
dejaba probar bocado. Con el tiempo prácticamente no comía ni se levantaba deliberadamente
para llamar la atención de su esposo y con la sola intención de contagiarle la amargura
que sentía. No podía soportar que él siguiera haciendo su vida de trabajo, de
viajes, de reuniones. Antes del accidente pasaba sus horas esperándolo, planeando
cosas para hacer a su regreso. Disfrutaba de esperarlo con ropa nueva o un cambio de peinado. Cocinaba y se
ocupaba de la casa con genuina alegría. Su día comenzaba cuando él volvía a
casa. Pero ahora la situación era otra y
se sentía injustamente abandonada. Y lo que comenzó como un capricho se le
volvió en contra cuando su estado empeoró tanto que ya no pudo abandonar la
cama y necesitó asistencia permanente. El marido decidió contratar una
enfermera de tiempo completo. Una chica demasiado joven y hermosa para el gusto
de su esposa. “Qué conveniente” se dijo a sí misma cuando se la presentó. Y
como su estado mental tampoco era el mejor, comenzó a fabular todo tipo de
situaciones entre su marido y la enfermera. Incapaz de levantarse por sus
propios medios imaginaba las conversaciones y los planes que harían a sus
espaldas esos dos. Cómo se burlarían de ella y su cuerpo deformado. De su cara
demacrada y su pelo descolorido. De su olor a mueble viejo y humedad. Así su
mente iba derrumbándose, arrastrando de a poco los restos de cordura a los que
se aferraba con desesperación.
Una mañana vio una silueta junto
a la puerta de su habitación. ¿Era real? Era su marido. La observaba, pensando
que estaba dormida. Por las dudas se quedó quieta. No entendía qué pasaba. Ya debería
estar trabajando a esa hora. Pasaron un par de minutos y el marido entró
sigilosamente y se detuvo al pie de la cama. Ella lo miraba con los ojos
entornados. Cuando él comenzó a rodear lentamente la cama intentando no hacer
ruido, ella hizo como que tosía. Él se detuvo inmediatamente. Un buen rato
después y con un almohadón en sus manos se acercó hasta que ella pretendió
despertarse y con su tono habitual de disgusto
le dijo “¿qué pasa?” Sorprendido, él titubeó “Quería ver si estabas cómoda, ya
me voy… mi amor”. El “mi amor” sonó tan forzado que ella soltó una carcajada. Y
él, completamente descolocado se retiró rápidamente. Se alcanzó a escuchar un
murmullo fuera de la habitación, una pequeña discusión en voz baja. Ella reconoció
la voz de la enfermera. Escuchó un portazo. Y a partir de esa mañana se le hizo
casi imposible conciliar el sueño. Se mantenía despierta por el miedo que le
causaba tan sólo pensar en lo que le esperaba. Tantas veces había deseado morir
y ahora de repente sólo quería seguir viva.
La situación se repitió un mes después
contribuyendo a empeorar su salud mental. No podía más con la angustia de la espera,
imaginando todo el tiempo el único final posible. Decidió que si había próxima
vez sería la última. Su destino no estaba escrito. Y si era así, ella lo iba a
reescribir. Iba a ponerse a cargo de la situación. No se los iba a hacer fácil.
Finalmente una mañana la silueta
de su marido volvió a aparecer junto a la puerta del cuarto. Ella estaba atenta
a cada movimiento. Esta vez iba a dejar que él pensara que iba a salirse con la
suya. Aunque se sentía cansada y confundida estaba resuelta a dar batalla.
Había escuchado decir que en casos de vida o muerte el ser humano logra lo
imposible. ¡Pero tenía tanto miedo! Estaba a punto de dejarse vencer por el
dolor físico (que también le había desgarrado el alma) y sus pensamientos no
eran del todo claros. Tras la confirmación de sus temores la vigilia se había vuelto
constante y por momentos le costaba separar lo real de lo imaginado. Pero de
algo estaba segura: tenía oportunidad de
acabar con la agonía.
Esta mañana el marido fue más
cauteloso y la espera se hizo más larga que las veces anteriores. Probablemente
también él había decidido que esta vez sería la última y quería asegurarse de
no despertarla. Estaba notablemente nervioso. Su respiración era un jadeo rítmico y suave, que sonaba al
compás del tic-tac del reloj que estaba sobre la mesita de luz. Como una cuenta regresiva. Ella sentía que la
boca se le llenaba de saliva espesa, ahogándola y obligándola a tragar con
esfuerzo. Cada vez que tragaba el pecho se le contraía en un espasmo y necesitaba
toser imperiosamente. Cuando de una vez por todas el marido tomó el almohadón y
comenzó a acercarse a la cama fue casi un alivio. Dejó que se acercara más.
Estaba lista. Por un segundo pudo ver los ojos de él, desorbitados, rebozantes
de furia y odio. Esos ya no eran los ojos que había adorado. Eran los ojos de un animal enjaulado y
enloquecido. No hubiera querido ver jamás esa mirada aterradora. Entonces, tomando
el almohadón con ambas manos, él se inclinó sobre ella y se lo apretó con
decisión contra la cara. Ella dio un manotazo desesperado en el aire. Se
escuchó un grito ahogado. El cuchillo que había sabido esconder tiempo atrás
después de un almuerzo se había enterrado certeramente en el corazón de su
marido. Casi sin esfuerzo, sólo por el propio peso del hombre. ¡El peso! El
único detalle que no había tenido en cuenta en sus planes febriles. Su marido
era corpulento y ella estaba muy débil y con medio cuerpo paralizado. El
almohadón había quedado entre su cara y el cuerpo que ahora sin vida parecía
pesar todavía más. “Nada mejor que lo
imprevisto…” recordó. En medio del
horror del inminente desenlace sintió algo caliente corriendo por el costado de
su cara. La sangre del esposo. No pudo hacer nada. Se escuchó otro grito
ahogado. La espera había terminado. Para ambos.
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