El juguete
Contó siete. Agachado en la
cocina, inmóvil por el miedo. A pesar de los nervios, contó… cuatro, cinco,
seis, siete. Estaba seguro. Había contado siete. Aunque no estaba del todo
sobrio ni del todo despierto no le costaba imaginar lo que le esperaba. Sintió
el frío bajándole por la columna como una ducha helada, hasta detrás de las
rodillas y le empezaron a temblar las piernas…
Esa mañana había sido muy fría y
la tarde todavía peor. De esas tardes de invierno en las que a la hora de la
siesta no sale nadie. Ni los perros. De pájaros ni hablar. Apenas si asomaba el
sol detrás de las nubes. Fue justamente
por el frío que estaba inquieto y se levantó del sillón donde trataba de
dormir. Se asomó por la ventana para
mirar el cielo tratando de pronosticar si iba a nevar esa noche. No había
podido entrar en calor con nada, así que se había tirado en el sofá envuelto
con una frazada. Y así envuelto se levantó y se acercó a la ventana. Se veía
parte de la calle y el patio del único vecino, ahí nomás. Podía ver a través
del alambrado viejo y las enredaderas mal cuidadas. Sin prestar mucha atención,
como sin ver. Nada. Ni un alma. Salvo que le pareció ver que una ligustrina
bien crecida en el fondo del patio se movía, aunque no había viento. Siguió
mirando pero se le empañaban los ojos, entre el sueño y el esfuerzo por ver más
nítido. “Un gato” pensó. Tuvo que esforzarse para despejar un poco la vista y
la mente porque había tomado mucho y dormido poco. Para algo se había jubilado.
Lo habían jubilado, mejor dicho. “Un año más” había pedido, pero le dijeron que
no. Si no, no hubiera estado ahí. Y si se hubiera vuelto rápido al sillón, no
los hubiera visto. Pero los vio justo. Al primero le costó salir, como cuando
uno se cae entre los arbustos y se le queda la ropa enganchada. El segundo
igual. El tercero ya salió más naturalmente. Por eso tuvo tiempo de contar:
cuatro, cinco, seis, siete. No entendía qué estaba viendo y se le erizó la piel
de la nuca. Avisos que da el cuerpo anticipando que las cosas no están bien aún
antes de que el mismo cerebro nos lo diga. Pero estaba tan aturdido que la
sensación que tuvo no fue de que podía estar en peligro, solamente sintió que
algo no estaba en su lugar. Una inconsistencia. No pudo alejarse de la ventana
y siguió mirando.
Cuando terminaron de salir se
pusieron a mirar alrededor como para asegurarse de que estaban solos, o al
menos eso parecía que hacían. Se movían con torpeza, arrastrando y sacudiendo
sus extremidades llenas de hojas. Se dispersaron por el patio tocando todo, como
chicos. Hasta que a uno encontró algo. Los demás se acercaron de a uno a un
rincón del patio. Algo juntaron del piso. Se lo empezaron a pasar de uno a
otro, primero despacio, pero cada vez con más violencia. No se escuchaba nada
desde adentro. Así que no pudo saber si se reían o qué. Cuando pudo ver lo que
era el “juguete” se retorció de asco y pena. Fue en ese mismo instante en que
uno se dio vuelta y miró hacia su ventana. Intentó convencerse a sí mismo de
que no lo había visto. Pero alcanzó a sentir la mirada hueca y fría. Cuando se
animó a mirar otra vez, el patio estaba vacío.
Si antes de eso estaba inquieto,
ahora no iba a mejorar la cosa. Por puro instinto cerró con llave todas
las puertas que pudo. Y trabó todas las
ventanas. Seguía sin entender qué había pasado. ¿Se había quedado dormido de
tanto café con whisky? ¿Había soñado? No
recordaba haberse dormido y obviamente, estaba despierto. Pero no era posible
que lo que había visto fuera verdad. “Es el cansancio, es el whisky, es el
aburrimiento. Este frío insoportable. Debo tener fiebre.” Puso música
para relajarse. Se hizo otro café con whisky (mucho más cargado que los
anteriores). Comenzó “Dream a little
dream of me” y se volvió a enroscar con la frazada en el sillón. Se dejó llevar
por la calidez de la voz de Ella y le ganó la pesadez del alcohol. Se fue
sintiendo cada vez más cómodo y se le fueron aflojando los músculos que todo el
tiempo había apretado sin querer. La confusión y el interés por entender lo que
había visto se fueron diluyendo. Lo último que escuchó fue “…dulces sueños que
dejan atrás todas las preocupaciones …”
El creciente ruido del viento en
las hojas lo fue sacando de su letargo. Pero no se terminaba de despertar. Con
los ojos entreabiertos notó que ya estaba oscuro. Percibió movimiento a través
de las rendijas de las persianas del frente. Escuchó pasos torpes en el pasto.
Se levantó despacio y fue para la cocina. Y ahí a medio despabilar, agachado e
inmóvil, contó a través de una ventanita con el vidrio esmerilado. Las siluetas
iban pasando…cuatro, cinco, seis, siete. Sintió frío en la espalda. Recordó el
patio del vecino. Recordó que la puerta del lavadero no cerraba bien. Si no
hubiera sentido la garganta cerrada hubiera gritado. Todo pasó rápido. Sintió
olor a tierra y plantas recién podadas. No tuvo tiempo de nada. Se le fueron
encima y lo sacaron al patio. Era evidente que un nuevo juego estaba por
comenzar. Se mantuvo de pie aunque sentía las piernas flojas y le dolía el
pecho. Ya afuera notó un bulto en el suelo y
sintió algo de alivio al ver que ya tenían juguete. Entonces uno de
ellos se lo extendió y no fue una amenaza sino más bien una invitación. Su
desesperación fue mayor cuando entendió. Sintió que se desvanecía. Acidez en
sus mandíbulas. No lo habían buscado para
ser juguete sino… jugador!
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